Posiblemente escriba este artículo con la soterrada vanidad
de reivindicar mis dotes de profeta, que parecen bien encauzadas. Tiempo atrás
bauticé y dibuje el Síndrome de la
soledad global, un trastorno emocional que seguramente abarrotará las
consultas de psiquiatras y psicólogos en los próximos años. Tras declararme
apasionado entusiasta de las nuevas tecnologías, anunciaba un posible
desequilibrio psíquico causado por el uso excesivo o inmoderado de los chats,
especialmente con gentes desconocidas. Personas capaces de comunicarse con
cualquiera en los espacios virtuales, pero ariscas o reacias al trato con su
mujer, marido, padres, hijos… Cometen un doble grave error:
Nunca existe la seguridad de charlar con quien nos
imaginamos. La otra persona puede disimular o falsear su forma de ser,
ocultarse o disfrazarse. Un disfraz capaz de encubrir una personalidad
desequilibrada, mentirosa, embaucadora… o, sencillamente, alguien normal. Y
así, en un diálogo a tientas, corremos el riesgo cierto de caer en las garras
del fingimiento, el embrollo o la falsedad, o de las intenciones tórridas o
torcidas (peligro para no dramatizar, pero tampoco minimizar). De cualquier
manera, siempre revolotea el resquemor de la neblina o la bruma en la
conversación.
También el sujeto que chatea se sitúa en una posición cómoda
para deslizarse por lo simulado o fingido. Qué sencillo resulta, bajo la
impunidad del anonimato, ofrecer una visión distorsionada de uno mismo,
presentarse con una personalidad más cercana al yo ideal que al yo real.
Un comentario, una opinión, un sucedido… deslizado candorosamente, incluso sin
intención o propósito de engañar
Conozco la historia por noticias y reportajes aparecidos en
bastantes medios de comunicación. Es la historia de José Ángel Taboada,
cincuentón, con domicilio en Alcabre, Vigo (por eso léanse estas líneas con una
ligera retranca gallega). La vida de Angeliño transcurría con cadencia mustia,
iba de mal en peor. Acabó sin trabajo y sin derecho a prestación alguna; malvivía
con ayuda de Cáritas y algunos enseres y desperdicios que rebuscaba en los
contenedores de la zona mientras paseaba en bicicleta. Solitario, aislado, sin
luz, sin agua…, aunque alguna lugareña enteradilla aseguraba que heredó no
hacía mucho.
Tanta tristura morriñeira derrotó a Angeliño, quien sucumbió
bajo el Síndrome de Diógenes: abarrotó
la casa, y buena parte de la huerta, con cachivaches e inmundicias, hasta
dejarlas inhabitables e intransitables.
Se volvió, al decir de los del pueblo, hosco, huraño,
esquivo, de palabra escasa. Indigente, desabrido y asocial. Él aceptó
estoicamente la situación pero, como buen gallego, acuñó su propia filosofía
existencial: “Yo soy como el jabón, lo que piensen de mí me resbala”.
Un desventurado día se sintió indispuesto y literalmente se
dejó caer, apático, entre aquella pilada de inmundicia. Así quedó… “Morreu
soliño”, que diría un gallego. Nadie le echó en falta, nadie notó su ausencia.
Nadie preguntó por él…
Pues bien, inconcebiblemente, al finado Angeliño… le seguían
3.544 amigos en Facebook, y 550 en Linkedln. Tal vez por efecto de las meigas
virtuales, Angeliño, parapetado tras su correspondiente alias, se convirtió en
Angelito. Fíjense el contraste, pues así lo definen sus amigos virtuales: ingenioso,
bromista, con sentido del humor –humor enxebre-; sensible, optimista y
solidario; muy amante de los deleitosos paisajes gallegos…
Todos desconocían su vida real; a excepción, quizás, de Dori
Macía, residente en Tenerife, con la que había intimidado de forma algo especial,
hasta el punto de prometerle una visita en tiempos de alguna bonanza. A Dori le
sorprendió que Angelito, o Angeliño, tardará varios días en colgar alguna de
sus lindeces, como aquella manida fotografía de un espermatozoide con su
correspondiente pie: “mi primer retrato”.
Inútilmente intento comunicarse con él por WhatsApp y por
teléfono. Tres días ya… Intranquila, contactó con la parroquia para que se
interesaran por el caso. Desde allí se acercaron, aunque no consiguieron entrar
con tanta basura y cacharrería. Fueron los bomberos quienes sacaron el cadáver
de Angeliño. La autopsia confirmó la causa natural del fallecimiento. Lo
sepultaron, anónimamente, en una tumba de beneficencia, con la chocante
compañía de dos enlutadas señoras y sin sus amigos de Facebook y sin sus amigos
del pueblo, que no los tenía.
Todo sugiere que solo Dori Macia lloró sinceramente su
muerte. Dori, con dolorido lamento, lanzó en las entrevistas periodísticas esta
lacerante, humillante e incisiva pregunta: “Si vivía en esas condiciones, ¿por
qué ningún vecino alertó a los Servicios Sociales…?”
Ya sé que un único caso no valida una teoría… Sin embargo,
considero que la historia de José Ángel Taboada bien se merece un rato de
sincera reflexión sobre cómo utilizamos personalmente el universo de Internet.
Conviene no olvidar que en el horizonte amenaza el Síndrome de la soledad global… Y el que quiera pensar que piense,
que el tema da que pensar…
José Benigno Freire
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