La primacía de las maneras y los comportamientos juveniles,
incluso entre gentes ya talluditas, compone una de las notas inconfundibles de
la sociocultura actual. De ahí la exaltación de la instantaneidad,
característica típica de la adolescencia: apurar ardorosa y despreocupadamente
el hoy, desconectándolo del resto de la existencia. De esa actitud derivan
estas manoseadas lindeces: “no me arrepiento de nada”; “simples experiencias”;
“de todo se aprende”; “he evolucionado”… La más representativa sea, tal vez, rehacer mi vida…
Frases que se suelen escuchar tras experiencias de tono
tristón: desengaños, frustraciones, fracasos, deslealtades, desilusiones…
Guardan en común el afán por anular o suprimir el pasado, ¡cómo si no hubiese
ocurrido! Representan, sin más, una rabietilla adolescente, aunque se
pronuncien con pretendida sinceridad. ¡Y, además, son psicológicamente
insostenibles!, al menos por dos razones:
Primera. La psicología adolescente juzga los instantes como
entidades inconexas, independientes. ¡Grueso error! La vida es única,
irrepetible e irreversible. Lo hecho…, hecho queda: y su eco retumba,
incesantemente, en la historia personal. Ley inexorable. Los menudos instantes
de la existencia se encuentran engarzados, trenzando la vida en un continuo
fluir entre pasado, presente y futuro.
Segundo. A las acciones humanas –hasta las más sesudas-
acompaña siempre una huella emocional. Esa huella se archiva en la memoria o
gambetea en la imaginación. Por lo tanto, los actos se almacenan también en clave
afectiva, con mayor o menor consciencia, con más o menos intensidad. Perdura el
suceso real y la emoción que suscitó.
Al descansar sobre un sedimento afectivo, los recuerdos
pueden presentarse o despertarse al margen de las cadencias racionales o las decisiones
voluntarias. Afloran inesperada e inadvertidamente, por sorpresa, con escaso
margen al autocontrol; con frecuencia como moscas carroñeras en torno a
resonancias doloridas. Y ese repiqueteo del pasado abruma o aturde, pesa como
un lastre afectivo.
A la apasionada inmadurez adolescente le exaspera ese eco y
huyen de él como gato escaldado. Anhelaron ardorosamente satisfacer el deseo
del instante, pero sin aceptar las consecuencias derivadas de sus actos. Sin
embargo, la realidad es rocosa y tozuda, y ese choque les exaspera. Para
evadirse improvisan pintorescos mecanismos de escape: hacer tabula rasa con el pasado; buscar chivos
expiatorios para anestesiar la propia responsabilidad; zambullirse en el
bullicio externo que insonorice la conciencia; apurar el placer actual como
revancha o compensación de la recarga afectiva del pasado; pensar
exclusivamente el hoy, sin proyectarlo en el futuro…
En una sociedad con gustos adolescentes, inmadura, arraigan
esos mecanismos de escape que engendran unas vidas sin finalidad, con el único
propósito de huir hacia adelante alocadamente, escudándose en una explosión de
libertad. Sin embargo, los hechos permanecen cincelados en la biografía, como
dicta el sentido común. Por ello, la actitud madura es aceptar el pasado con un
escrupuloso realismo. Aceptar lo sucedido, y sus secuelas, con responsabilidad
personal; hasta aquellos sucesos o situaciones en las que resultamos
atropellados o víctimas. Así fue, así ocurrió…, con ello, y desde ahí, hemos de
construir nuestra felicidad…
En una personalidad sana y normal el rumor del pasado
resuena, intermitentemente, en la intimidad, y ejerce un influjo equilibrado en
sus actos y decisiones actuales. Ahora bien, una vez asumido, conviene no
hurgar demasiado, no manosearlo más: dormirlo…, pues en algún momento quizá
precisemos despertarlo.
¿Y en los pasados risueños?, que evidentemente existen. Hay
pasados luminosos y estimulantes, que esponjan el ánimo y generan ganas de
vivir. Pese a ello, a esos también hemos de aplicarle los criterios anteriores.
La imaginación tiende a guardar los sucesos en un escenario ideal, sin
acompañarlos de las aristas de lo real. Y ese recuerdo idealizado genera un
clima psíquico de cierta desilusión o desencanto.
En definitiva, sea cual sea el sentido y el signo del
pasado, la actitud básica hacia la felicidad consiste en aferrarse al momento
presente, con su borbotear de alegrías y tristezas, asperezas y esperanzas…:
¡la vida normal! El humus de la
felicidad es el presente.
Siempre entorpece mirar hacia atrás con nostalgia o amargor,
porque atenaza o acurruca el ánimo, y desfigura al presente como revancha de
antiguas frustraciones o nostalgias de tiempos mejores. Aferrarse,
responsablemente, al hoy: “Si de noche lloráis por el sol, nunca veréis las
estrellas” (Tagore). Así es, disfrutar…: la belleza de cielos oscuros, donde no
se sabe si hay más estrellas que noche o más noche que estrellas; el embrujo de
lo habitual bajo el resplandor de la luna; lo enigmático de la sombra entre las
sombras… Y la inmensidad del horizonte nocturno que templa y serena el ánimo.
Aunque la noche, coquetona, esconde una embaucadora
golosina: ¡amanece de nuevo! Pero nunca amanece ayer, siempre amanece hoy…
Y hoy es un tiempo a estrenar, para emborracharse de vida. Disfrutar la
existencia exige aceptar el pasado para proyectar el futuro desde el hoy,
actitud que Séneca razonaba así: “También después de una mala [buena] cosecha
hay que volver a sembrar”…
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