martes, 30 de agosto de 2016

El muerto virtual...



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Posiblemente escriba este artículo con la soterrada vanidad de reivindicar mis dotes de profeta, que parecen bien encauzadas. Tiempo atrás bauticé y dibuje el Síndrome de la soledad global, un trastorno emocional que seguramente abarrotará las consultas de psiquiatras y psicólogos en los próximos años. Tras declararme apasionado entusiasta de las nuevas tecnologías, anunciaba un posible desequilibrio psíquico causado por el uso excesivo o inmoderado de los chats, especialmente con gentes desconocidas. Personas capaces de comunicarse con cualquiera en los espacios virtuales, pero ariscas o reacias al trato con su mujer, marido, padres, hijos… Cometen un doble grave error:
Nunca existe la seguridad de charlar con quien nos imaginamos. La otra persona puede disimular o falsear su forma de ser, ocultarse o disfrazarse. Un disfraz capaz de encubrir una personalidad desequilibrada, mentirosa, embaucadora… o, sencillamente, alguien normal. Y así, en un diálogo a tientas, corremos el riesgo cierto de caer en las garras del fingimiento, el embrollo o la falsedad, o de las intenciones tórridas o torcidas (peligro para no dramatizar, pero tampoco minimizar). De cualquier manera, siempre revolotea el resquemor de la neblina o la bruma en la conversación.
También el sujeto que chatea se sitúa en una posición cómoda para deslizarse por lo simulado o fingido. Qué sencillo resulta, bajo la impunidad del anonimato, ofrecer una visión distorsionada de uno mismo, presentarse con una personalidad más cercana al yo ideal que al yo real. Un comentario, una opinión, un sucedido… deslizado candorosamente, incluso sin intención o propósito de engañar
Conozco la historia por noticias y reportajes aparecidos en bastantes medios de comunicación. Es la historia de José Ángel Taboada, cincuentón, con domicilio en Alcabre, Vigo (por eso léanse estas líneas con una ligera retranca gallega). La vida de Angeliño transcurría con cadencia mustia, iba de mal en peor. Acabó sin trabajo y sin derecho a prestación alguna; malvivía con ayuda de Cáritas y algunos enseres y desperdicios que rebuscaba en los contenedores de la zona mientras paseaba en bicicleta. Solitario, aislado, sin luz, sin agua…, aunque alguna lugareña enteradilla aseguraba que heredó no hacía mucho.
Tanta tristura morriñeira derrotó a Angeliño, quien sucumbió bajo el Síndrome de Diógenes: abarrotó la casa, y buena parte de la huerta, con cachivaches e inmundicias, hasta dejarlas inhabitables e intransitables.
Se volvió, al decir de los del pueblo, hosco, huraño, esquivo, de palabra escasa. Indigente, desabrido y asocial. Él aceptó estoicamente la situación pero, como buen gallego, acuñó su propia filosofía existencial: “Yo soy como el jabón, lo que piensen de mí me resbala”.
Un desventurado día se sintió indispuesto y literalmente se dejó caer, apático, entre aquella pilada de inmundicia. Así quedó… “Morreu soliño”, que diría un gallego. Nadie le echó en falta, nadie notó su ausencia. Nadie preguntó por él…
Pues bien, inconcebiblemente, al finado Angeliño… le seguían 3.544 amigos en Facebook, y 550 en Linkedln. Tal vez por efecto de las meigas virtuales, Angeliño, parapetado tras su correspondiente alias, se convirtió en Angelito. Fíjense el contraste, pues así lo definen sus amigos virtuales: ingenioso, bromista, con sentido del humor –humor enxebre-; sensible, optimista y solidario; muy amante de los deleitosos paisajes gallegos…
Todos desconocían su vida real; a excepción, quizás, de Dori Macía, residente en Tenerife, con la que había intimidado de forma algo especial, hasta el punto de prometerle una visita en tiempos de alguna bonanza. A Dori le sorprendió que Angelito, o Angeliño, tardará varios días en colgar alguna de sus lindeces, como aquella manida fotografía de un espermatozoide con su correspondiente pie: “mi primer retrato”.
Inútilmente intento comunicarse con él por WhatsApp y por teléfono. Tres días ya… Intranquila, contactó con la parroquia para que se interesaran por el caso. Desde allí se acercaron, aunque no consiguieron entrar con tanta basura y cacharrería. Fueron los bomberos quienes sacaron el cadáver de Angeliño. La autopsia confirmó la causa natural del fallecimiento. Lo sepultaron, anónimamente, en una tumba de beneficencia, con la chocante compañía de dos enlutadas señoras y sin sus amigos de Facebook y sin sus amigos del pueblo, que no los tenía.
Todo sugiere que solo Dori Macia lloró sinceramente su muerte. Dori, con dolorido lamento, lanzó en las entrevistas periodísticas esta lacerante, humillante e incisiva pregunta: “Si vivía en esas condiciones, ¿por qué ningún vecino alertó a los Servicios Sociales…?”
Ya sé que un único caso no valida una teoría… Sin embargo, considero que la historia de José Ángel Taboada bien se merece un rato de sincera reflexión sobre cómo utilizamos personalmente el universo de Internet. Conviene no olvidar que en el horizonte amenaza el Síndrome de la soledad global… Y el que quiera pensar que piense, que el tema da que pensar…


José Benigno Freire

viernes, 19 de agosto de 2016

Decálogo de la serenidad



Advierto que el siguiente decálogo no es de mi autoría. Mantengo un discreto silencio acerca del autor en la seguridad de que no le gustará significarse en un blog eminente psicológico. El autor abarca la existencia total, y aquello que reverdece tras el tiempo… Ahora bien, lo que es válido para la dimensión diametralmente opuesta al tiempo, ha de cubrir la hondura del hombre –su psicología-, y su felicidad.

Y la felicidad y la serenidad van de la mano.




Dice así:

1.- Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin pretender resolver el problema de mi vida de una vez.

2.- Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.

3.- Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también.

4.- Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5.- Solo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando que la buena lectura es alimento para el alma, como lo necesita el cuerpo.

6.- Solo por hoy haré una buena acción y no la diré a nadie.

7.- Solo por hoy haré al menos una cosa que no desee hacer; y si me sintiera herido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.

8.- Solo por hoy me haré un programa detallado, aunque no lo cumpla. Me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9.- Solo por hoy creeré firmemente que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.

10.- Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.




El autor sostiene la eficacia de estas acciones sobre el siguiente razonamiento: puedo hacer bien durante doce horas, lo que me descorazonaría tener que hacerlo durante toda la vida. Argumento válido, y decisivo. Solemos tender a apurar la felicidad como un estado, sin embargo, la felicidad es mejor saborearla sorbo a sorbo. Pues así se engarza la vida, de trecho en trecho, de tramo en tramo; momentos de bonanza, momentos de tristura…

Por eso el autor comienza cada consejo con ese “solo por hoy”…, porque únicamente el hoy es el humus de la felicidad, y la serenidad. Hoy es el tiempo para emborracharse de vida. Ayer ya pasó, y mañana… Dios dirá. 

jueves, 18 de agosto de 2016

Acerca de LA FELICIDAD INADVERTIDA




Entrevista de Nieves San Martín, en ZENIT, para presentar el libro La felicidad inadvertida (Editorial Eunsa), José Benigno Freire.

Usted habla de “nostalgia de lo cotidiano” en un campo de concentración, una nostalgia que humaniza, y extrae una lección para el hombre de a pie. ¿Cuál?
Resultaba curioso que, en los escasos momentos de un cierto sosiego o tranquilidad, los prisioneros regresaban con añoranza a su vida anterior. Y no se acordaban de sus éxitos o de sus logros sociales o personales; generalmente recordaban detalles menudos de la vida habitual: el sofá de casa, una ducha en agua caliente, la calidez del pan recién hecho, el beso nocturno al despedirse de la madre… Unos detalles que Primo Levi describió con una expresión agraciada: sentían dolor de hogar. Esta experiencia no debe interpretarse en clave emotiva, porque eran los sentimientos de unas personas que vivían con la muerte escondida detrás de un cercano amanecer. En esas condiciones uno no está para lirismos sentimentales. Por lo tanto, constituye un valor objetivo. Por eso animo a los lectores a que los disfruten, y que por cotidianidad no los dejen pasar inadvertidamente.

La contemplación de la belleza ¿puede salvar del envilecimiento o la locura?, ¿por qué?
Sí. Pero más que un antídoto es un síntoma de la madurez interior. La percepción de la belleza y conmoción emocional o estética, surgen como una manifestación de que la persona atiende a unas solicitaciones que traspasan las apetencias exclusivamente corporales. Disfrutar con la naturaleza, la música, la pintura, la belleza de una película, el apagado resplandor de una puesta de sol… es señal de que las entretelas de la persona se activan por el regusto de la belleza, un trascendental del ser.

El humor tiene una función en la psicología, ¿puede explicar cuándo el humor hace más humana a una persona?
El humor puede tener múltiples orígenes. Desde lo chabacano o rudo, hasta representar un chispazo de la exquisitez de la inteligencia humana. De todos eso posibles orígenes el más humano es el humor que germina en el amor: cuando una persona utiliza todos sus recursos para aliviar el sufrimiento de otro, para ayudar a otro sin ser notado. Así, el humor brota espontáneo, afable y expansivo. Muchos malos momentos de la vida se pueden esconder en el hueco interior de una sonrisa.

¿La dignidad humana tiene una gran relación con el saber gobernarse a sí mismo?
Sí, porque en la intimidad anidan las bridas del comportamiento. Si una persona actúa siguiendo el dictamen de su coherencia interior, mantiene una fuerza y constancia más intensa que si actuara en función de los movedizos y tornadizos intereses de los requerimientos o instigaciones externos a su dignidad.

¿Qué entiende por aceptar la limitación de lo real?
Una cosa muy sencilla, que nos suele alejar de la felicidad. La felicidad absoluta –completa y total- no existe por la limitación inherente al ser humano. Si anheláramos esa felicidad viviríamos con una sensación de desencanto habitual. Hay que convencerse que la única felicidad razonable, real, es la que permite disfrutar de la vida, con sus alegrías y bonanzas, en el espacio realista de los problemas, enfermedades, fracasos, dificultades, obstáculos… Todo lo demás pertenece al terreno de la fantasía.

Su última propuesta en este libro es una invitación a superar el desencanto en la vida de cada uno. Entonces, ¿la felicidad se construye día a día?
El desencanto ha de entenderse en el sentido de una pregunta anterior: situarse en el espacio de la limitación de lo real. La vida puede ser un experimento fantástico, engatusante y engatusador, siempre que no perdamos de vista las coordenadas de lo real. Y para disfrutar de la vida hay que zambullirse de bruces en el único tiempo capaz de sentir la hondura de vivir: ahora, hoy.

¿A lo largo de la investigación o de la elaboración del trabajo ha encontrado algo inesperado o que le sorprendiera especialmente?
Sí, y mucho. La inicialmente impensable cantidad de rosas frescas (bondad humana) que cuajaron y crecieron en aquel atroz estercolero.

lunes, 15 de agosto de 2016

De cómo Frankl superó a Freud


La representación de una famosa ópera necesita iluminación, decorados… toda una infraestructura al servicio de la música. Pero a nadie se le ocurriría deducir que el libreto de la obra es producto de los gases de la caldera de la calefacción… La ópera no puede reducirse a gas, electricidad, desagües… Lo mismo sucede con el psicoanálisis freudiano, que contempla únicamente la infraestructura, el subsuelo biológico de la vida humana.
Analizando los planteamientos de Sigmund Freud, se puede observar cómo son superados por uno de sus discípulos, Viktor Frankl, el psiquiatra vienés.
Ni se puede ni se debe negar la dinámica afectiva y la energía instintiva, pero la vida de hombres y mujeres no consta exclusivamente de afectos, instintos sexuales, placeres y ambiciones. Si los dinamismos humanos se reducen al simple ser consciente de las pulsiones instintivas, el hombre no se sentiría “dueño de su propia casa”, según la expresión del mismo Freud. En ese caso, la persona se encontraría siempre a merced de la biología; algo así como un barco con los motores en marcha, pero sin velas ni timón.
La superación de Viktor Frankl al psicoanálisis freudiano consiste, pues, en admitir que, además de ser consciente de sus pulsiones, la persona es responsable de ellas y de los comportamientos que suscitas, porque es capaz de dominar los impulsos del instinto.
En caso contrario, se encontraría determinado por las oscuras y ocultas fuerzas de su biología. De este modo, ser responsable de los actos derivados de las acciones internas implica la capacidad de poder gobernarlos o regularlos.
Sin duda alguna, no hay nada como vivir a tope, trabajando a tope, amando a tope, disfrutanto a tope, sufriendo –con sentido- a tope.
Estos a tope son notas que se escriben en el pentagrama de la vida cotidiana de cualquier hombre y cualquier mujer. Si cumplimos el deber de cada momento ¡a tope!, con la atención centrada en eternizar los instantes, hemos dado con la clave y el secreto de la psicohigiene, y de la felicidad y de la santidad.
A pesar de los cambios históricos y las muy diversas circunstancias de la humanidad, sigue siendo válida la respuesta de Viktor Frankl a la pregunta de qué es el hombre: “es un ser que siempre decide lo que es, que alberga en sí la posibilidad de descender al nivel del animal o de elevarse a una vida superior.
“El hombre es ese ser que ha inventado la cámara de gas, pero también quien caminó en dirección a esas cámaras en actitud erguida y rezando el Padrenuestro o con la oración judía de los agonizantes en los labios”.
Respuesta con el valor añadido de provenir de un hombre que sobrevivió a cuatro campos de concentración nazí.
Redacción (Universidad de Navarra, presentación del libro Vivir a tope)