lunes, 24 de octubre de 2016

Deslices en los mensajes de WhatsApp





En realidad estos comentarios se formulan para cualquier aplicación de mensajería instantánea, aunque aludiré a WhatsApp, sencillamente, por ser uno de sus casi mil millones de usuarios activos. Analizaré, en concreto, un hecho relativamente frecuente, demasiado frecuente: enviar o recibir un mensaje de WhatsApp con una palabra incorrecta o ilegible. Un segundo después, o medio segundo después, entra otro mensaje con esa palabra bien escrita. Interpretación: quien envía el mensaje no lo ha leído, pero sí lo leyó tras enviarlo. Pues, lógicamente, en caso contrario, lo hubiese corregido antes; sin embargo, se dejó llevar por la presión de la inmediatez, actuó bajo un automatismo irreflexivo y presionó a enviar sobre la marcha, casi sin terminar de escribir… Se corresponde con una actitud en boga y en auge: recibir un mensaje y contestarlo es todo uno.

Por eso no debe interpretarse como un simple error, un desliz o un gazapo, no. Parece sugerir una ligera adicción, y también síntoma de un leve estrés. Sin embargo, ahora, me interesa resaltar que su reiteración suele suscitar, con el tiempo, una actitud de desidia hacia el trato social y ante el trabajo. El proceso se inicia al deslizarse por este itinerario: contestar con prisa, la prisa engendra atolondramiento y el atolondramiento es mal consejero. De ahí que, de ordinario, la respuesta puede resultar inoportuna, inconveniente, imprecisa o equívoca, además de mal escrita. Efecto de la excesiva espontaneidad… Este mal proceder guarda una explicación psicológica:

Cualquier estímulo desencadena una emoción. Las emociones se caracterizan por desorganizar la afectividad de manera intensa y brusca, y mover a una reacción inmediata. Una reacción descompasada porque atiende más a la intensidad de la emoción que a la objetividad del estímulo desencadenante. Lo explicaré con un ejemplo chusco: un pisotón...; un simple pisotón nos incita a una reacción súbita y acalorada, casi siempre exagerada para el daño causado, de forma y manera que en la mayoría de las ocasiones debemos refrenar ese primer impulso. Es muy común la experiencia de arrepentirse de alguna actuación –valiosa o desacertada- tras responder en caliente, como se suele decir. El lenguaje popular acostumbra a expresarlo con una frase gráfica: me he pasado… Días después las cosas se valoran de distinta manera.

Pues bien, cada mensaje enciende una emoción, más o menos intensa, positiva o negativa. Si nos abandonamos a esa pulsión afectiva seguramente reaccionaremos, al menos, de forma desproporcionada. Quizá con un exabrupto o un elogio desmedido; tras unos minutos caemos en la cuenta de la desproporción (al igual que con la palabra mal escrita), pero el desaguisado ya navega por los océanos digitales. Es preciso rectificar o ajustar el mensaje, originado por la impulsividad emotiva.

Para filtrar la tosquedad afectiva se precisa reflexionar antes de actuar, pues la inteligencia modela y modula la reacción meramente afectiva a sus cotas racionales; introduce mesura, objetividad y serenidad. Pero la reflexión se toma su tiempo. Para ello se aconseja no reaccionar a vuela pluma, sino analizar con calma el mensaje y sopesar la contestación; lo cual requiere, además de cierto tiempo, dominar la rudeza de lo emocional, muy ligada a lo fisiológico. En definitiva, los actos razonables del hombre precisan un mínimo de atención y concentración en la tarea, y ajustar las resonancias meramente emocionales. La prisa –insisto- es muy mala consejera.

Tal vez se me objete que estoy desorbitando la cuestión. Parece, a primera vista, un salto ilógico pasar de un pequeño gesto al chatear a la conclusión de desidia en el trato social y en el trabajo. Creo que no. Lo ilustraré con otro ejemplo chusco: imagínense que calzan un zapato demasiado ajustado al pie…: ¡poca cosa! Sin embargo, tras un largo paseo posiblemente aparezcan ampollas, o el caminar empiece a resultar bastante molesto; y un leve roce, en un pie comprimido, ocasiona un agudo dolor…

Traducido el ejemplo a nuestro asunto: es el poco a poco, continuado, que se convierte en hábito. Lo peligroso es la reiteración, que cristaliza en la actitud personal de conceder prioridad al hacer, en vez de al buen hacer: no se repara en la delicadeza debida hacia quien nos dirigimos, ni se aprecia el escribir con exactitud y corrección. Nos adentramos en el dañino territorio de la chapuza, del da igual: el caso es contestar… ¡ya!

Antaño, a las personas de trato difícil –porque reaccionaban impulsivamente- o de ligereza en el trabajo –porque atendían a lo primero que se les ocurría o apetecía- se les aplicaba una popular expresión: primero dispara y después apunta. Esas personas eran consideradas preludio y síntoma de desastre, en el trabajo o en la convivencia.

En síntesis, conviene no olvidar la primacía del buen hacer sobre el mero hacer, incluso en lo menudo. Eso que tan bellamente expresó Machado, don Manuel: Despacito y buena letra, el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas.

viernes, 14 de octubre de 2016

Rehacer mi vida...




La primacía de las maneras y los comportamientos juveniles, incluso entre gentes ya talluditas, compone una de las notas inconfundibles de la sociocultura actual. De ahí la exaltación de la instantaneidad, característica típica de la adolescencia: apurar ardorosa y despreocupadamente el hoy, desconectándolo del resto de la existencia. De esa actitud derivan estas manoseadas lindeces: “no me arrepiento de nada”; “simples experiencias”; “de todo se aprende”; “he evolucionado”… La más representativa sea, tal vez, rehacer mi vida
Frases que se suelen escuchar tras experiencias de tono tristón: desengaños, frustraciones, fracasos, deslealtades, desilusiones… Guardan en común el afán por anular o suprimir el pasado, ¡cómo si no hubiese ocurrido! Representan, sin más, una rabietilla adolescente, aunque se pronuncien con pretendida sinceridad. ¡Y, además, son psicológicamente insostenibles!, al menos por dos razones:
Primera. La psicología adolescente juzga los instantes como entidades inconexas, independientes. ¡Grueso error! La vida es única, irrepetible e irreversible. Lo hecho…, hecho queda: y su eco retumba, incesantemente, en la historia personal. Ley inexorable. Los menudos instantes de la existencia se encuentran engarzados, trenzando la vida en un continuo fluir entre pasado, presente y futuro. 
Segundo. A las acciones humanas –hasta las más sesudas- acompaña siempre una huella emocional. Esa huella se archiva en la memoria o gambetea en la imaginación. Por lo tanto, los actos se almacenan también en clave afectiva, con mayor o menor consciencia, con más o menos intensidad. Perdura el suceso real y la emoción que suscitó.
Al descansar sobre un sedimento afectivo, los recuerdos pueden presentarse o despertarse al margen de las cadencias racionales o las decisiones voluntarias. Afloran inesperada e inadvertidamente, por sorpresa, con escaso margen al autocontrol; con frecuencia como moscas carroñeras en torno a resonancias doloridas. Y ese repiqueteo del pasado abruma o aturde, pesa como un lastre afectivo. 
A la apasionada inmadurez adolescente le exaspera ese eco y huyen de él como gato escaldado. Anhelaron ardorosamente satisfacer el deseo del instante, pero sin aceptar las consecuencias derivadas de sus actos. Sin embargo, la realidad es rocosa y tozuda, y ese choque les exaspera. Para evadirse improvisan pintorescos mecanismos de escape: hacer tabula rasa con el pasado; buscar chivos expiatorios para anestesiar la propia responsabilidad; zambullirse en el bullicio externo que insonorice la conciencia; apurar el placer actual como revancha o compensación de la recarga afectiva del pasado; pensar exclusivamente el hoy, sin proyectarlo en el futuro…
En una sociedad con gustos adolescentes, inmadura, arraigan esos mecanismos de escape que engendran unas vidas sin finalidad, con el único propósito de huir hacia adelante alocadamente, escudándose en una explosión de libertad. Sin embargo, los hechos permanecen cincelados en la biografía, como dicta el sentido común. Por ello, la actitud madura es aceptar el pasado con un escrupuloso realismo. Aceptar lo sucedido, y sus secuelas, con responsabilidad personal; hasta aquellos sucesos o situaciones en las que resultamos atropellados o víctimas. Así fue, así ocurrió…, con ello, y desde ahí, hemos de construir nuestra felicidad…
En una personalidad sana y normal el rumor del pasado resuena, intermitentemente, en la intimidad, y ejerce un influjo equilibrado en sus actos y decisiones actuales. Ahora bien, una vez asumido, conviene no hurgar demasiado, no manosearlo más: dormirlo…, pues en algún momento quizá precisemos despertarlo.
¿Y en los pasados risueños?, que evidentemente existen. Hay pasados luminosos y estimulantes, que esponjan el ánimo y generan ganas de vivir. Pese a ello, a esos también hemos de aplicarle los criterios anteriores. La imaginación tiende a guardar los sucesos en un escenario ideal, sin acompañarlos de las aristas de lo real. Y ese recuerdo idealizado genera un clima psíquico de cierta desilusión o desencanto.
En definitiva, sea cual sea el sentido y el signo del pasado, la actitud básica hacia la felicidad consiste en aferrarse al momento presente, con su borbotear de alegrías y tristezas, asperezas y esperanzas…: ¡la vida normal! El humus de la felicidad es el presente.
Siempre entorpece mirar hacia atrás con nostalgia o amargor, porque atenaza o acurruca el ánimo, y desfigura al presente como revancha de antiguas frustraciones o nostalgias de tiempos mejores. Aferrarse, responsablemente, al hoy: “Si de noche lloráis por el sol, nunca veréis las estrellas” (Tagore). Así es, disfrutar…: la belleza de cielos oscuros, donde no se sabe si hay más estrellas que noche o más noche que estrellas; el embrujo de lo habitual bajo el resplandor de la luna; lo enigmático de la sombra entre las sombras… Y la inmensidad del horizonte nocturno que templa y serena el ánimo.
Aunque la noche, coquetona, esconde una embaucadora golosina: ¡amanece de nuevo! Pero nunca amanece ayer, siempre amanece hoy… Y hoy es un tiempo a estrenar, para emborracharse de vida. Disfrutar la existencia exige aceptar el pasado para proyectar el futuro desde el hoy, actitud que Séneca razonaba así: “También después de una mala [buena] cosecha hay que volver a sembrar”…   

martes, 30 de agosto de 2016

El muerto virtual...



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Posiblemente escriba este artículo con la soterrada vanidad de reivindicar mis dotes de profeta, que parecen bien encauzadas. Tiempo atrás bauticé y dibuje el Síndrome de la soledad global, un trastorno emocional que seguramente abarrotará las consultas de psiquiatras y psicólogos en los próximos años. Tras declararme apasionado entusiasta de las nuevas tecnologías, anunciaba un posible desequilibrio psíquico causado por el uso excesivo o inmoderado de los chats, especialmente con gentes desconocidas. Personas capaces de comunicarse con cualquiera en los espacios virtuales, pero ariscas o reacias al trato con su mujer, marido, padres, hijos… Cometen un doble grave error:
Nunca existe la seguridad de charlar con quien nos imaginamos. La otra persona puede disimular o falsear su forma de ser, ocultarse o disfrazarse. Un disfraz capaz de encubrir una personalidad desequilibrada, mentirosa, embaucadora… o, sencillamente, alguien normal. Y así, en un diálogo a tientas, corremos el riesgo cierto de caer en las garras del fingimiento, el embrollo o la falsedad, o de las intenciones tórridas o torcidas (peligro para no dramatizar, pero tampoco minimizar). De cualquier manera, siempre revolotea el resquemor de la neblina o la bruma en la conversación.
También el sujeto que chatea se sitúa en una posición cómoda para deslizarse por lo simulado o fingido. Qué sencillo resulta, bajo la impunidad del anonimato, ofrecer una visión distorsionada de uno mismo, presentarse con una personalidad más cercana al yo ideal que al yo real. Un comentario, una opinión, un sucedido… deslizado candorosamente, incluso sin intención o propósito de engañar
Conozco la historia por noticias y reportajes aparecidos en bastantes medios de comunicación. Es la historia de José Ángel Taboada, cincuentón, con domicilio en Alcabre, Vigo (por eso léanse estas líneas con una ligera retranca gallega). La vida de Angeliño transcurría con cadencia mustia, iba de mal en peor. Acabó sin trabajo y sin derecho a prestación alguna; malvivía con ayuda de Cáritas y algunos enseres y desperdicios que rebuscaba en los contenedores de la zona mientras paseaba en bicicleta. Solitario, aislado, sin luz, sin agua…, aunque alguna lugareña enteradilla aseguraba que heredó no hacía mucho.
Tanta tristura morriñeira derrotó a Angeliño, quien sucumbió bajo el Síndrome de Diógenes: abarrotó la casa, y buena parte de la huerta, con cachivaches e inmundicias, hasta dejarlas inhabitables e intransitables.
Se volvió, al decir de los del pueblo, hosco, huraño, esquivo, de palabra escasa. Indigente, desabrido y asocial. Él aceptó estoicamente la situación pero, como buen gallego, acuñó su propia filosofía existencial: “Yo soy como el jabón, lo que piensen de mí me resbala”.
Un desventurado día se sintió indispuesto y literalmente se dejó caer, apático, entre aquella pilada de inmundicia. Así quedó… “Morreu soliño”, que diría un gallego. Nadie le echó en falta, nadie notó su ausencia. Nadie preguntó por él…
Pues bien, inconcebiblemente, al finado Angeliño… le seguían 3.544 amigos en Facebook, y 550 en Linkedln. Tal vez por efecto de las meigas virtuales, Angeliño, parapetado tras su correspondiente alias, se convirtió en Angelito. Fíjense el contraste, pues así lo definen sus amigos virtuales: ingenioso, bromista, con sentido del humor –humor enxebre-; sensible, optimista y solidario; muy amante de los deleitosos paisajes gallegos…
Todos desconocían su vida real; a excepción, quizás, de Dori Macía, residente en Tenerife, con la que había intimidado de forma algo especial, hasta el punto de prometerle una visita en tiempos de alguna bonanza. A Dori le sorprendió que Angelito, o Angeliño, tardará varios días en colgar alguna de sus lindeces, como aquella manida fotografía de un espermatozoide con su correspondiente pie: “mi primer retrato”.
Inútilmente intento comunicarse con él por WhatsApp y por teléfono. Tres días ya… Intranquila, contactó con la parroquia para que se interesaran por el caso. Desde allí se acercaron, aunque no consiguieron entrar con tanta basura y cacharrería. Fueron los bomberos quienes sacaron el cadáver de Angeliño. La autopsia confirmó la causa natural del fallecimiento. Lo sepultaron, anónimamente, en una tumba de beneficencia, con la chocante compañía de dos enlutadas señoras y sin sus amigos de Facebook y sin sus amigos del pueblo, que no los tenía.
Todo sugiere que solo Dori Macia lloró sinceramente su muerte. Dori, con dolorido lamento, lanzó en las entrevistas periodísticas esta lacerante, humillante e incisiva pregunta: “Si vivía en esas condiciones, ¿por qué ningún vecino alertó a los Servicios Sociales…?”
Ya sé que un único caso no valida una teoría… Sin embargo, considero que la historia de José Ángel Taboada bien se merece un rato de sincera reflexión sobre cómo utilizamos personalmente el universo de Internet. Conviene no olvidar que en el horizonte amenaza el Síndrome de la soledad global… Y el que quiera pensar que piense, que el tema da que pensar…


José Benigno Freire

viernes, 19 de agosto de 2016

Decálogo de la serenidad



Advierto que el siguiente decálogo no es de mi autoría. Mantengo un discreto silencio acerca del autor en la seguridad de que no le gustará significarse en un blog eminente psicológico. El autor abarca la existencia total, y aquello que reverdece tras el tiempo… Ahora bien, lo que es válido para la dimensión diametralmente opuesta al tiempo, ha de cubrir la hondura del hombre –su psicología-, y su felicidad.

Y la felicidad y la serenidad van de la mano.




Dice así:

1.- Solo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día, sin pretender resolver el problema de mi vida de una vez.

2.- Solo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.

3.- Solo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también.

4.- Solo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5.- Solo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando que la buena lectura es alimento para el alma, como lo necesita el cuerpo.

6.- Solo por hoy haré una buena acción y no la diré a nadie.

7.- Solo por hoy haré al menos una cosa que no desee hacer; y si me sintiera herido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.

8.- Solo por hoy me haré un programa detallado, aunque no lo cumpla. Me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9.- Solo por hoy creeré firmemente que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.

10.- Solo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.




El autor sostiene la eficacia de estas acciones sobre el siguiente razonamiento: puedo hacer bien durante doce horas, lo que me descorazonaría tener que hacerlo durante toda la vida. Argumento válido, y decisivo. Solemos tender a apurar la felicidad como un estado, sin embargo, la felicidad es mejor saborearla sorbo a sorbo. Pues así se engarza la vida, de trecho en trecho, de tramo en tramo; momentos de bonanza, momentos de tristura…

Por eso el autor comienza cada consejo con ese “solo por hoy”…, porque únicamente el hoy es el humus de la felicidad, y la serenidad. Hoy es el tiempo para emborracharse de vida. Ayer ya pasó, y mañana… Dios dirá. 

jueves, 18 de agosto de 2016

Acerca de LA FELICIDAD INADVERTIDA




Entrevista de Nieves San Martín, en ZENIT, para presentar el libro La felicidad inadvertida (Editorial Eunsa), José Benigno Freire.

Usted habla de “nostalgia de lo cotidiano” en un campo de concentración, una nostalgia que humaniza, y extrae una lección para el hombre de a pie. ¿Cuál?
Resultaba curioso que, en los escasos momentos de un cierto sosiego o tranquilidad, los prisioneros regresaban con añoranza a su vida anterior. Y no se acordaban de sus éxitos o de sus logros sociales o personales; generalmente recordaban detalles menudos de la vida habitual: el sofá de casa, una ducha en agua caliente, la calidez del pan recién hecho, el beso nocturno al despedirse de la madre… Unos detalles que Primo Levi describió con una expresión agraciada: sentían dolor de hogar. Esta experiencia no debe interpretarse en clave emotiva, porque eran los sentimientos de unas personas que vivían con la muerte escondida detrás de un cercano amanecer. En esas condiciones uno no está para lirismos sentimentales. Por lo tanto, constituye un valor objetivo. Por eso animo a los lectores a que los disfruten, y que por cotidianidad no los dejen pasar inadvertidamente.

La contemplación de la belleza ¿puede salvar del envilecimiento o la locura?, ¿por qué?
Sí. Pero más que un antídoto es un síntoma de la madurez interior. La percepción de la belleza y conmoción emocional o estética, surgen como una manifestación de que la persona atiende a unas solicitaciones que traspasan las apetencias exclusivamente corporales. Disfrutar con la naturaleza, la música, la pintura, la belleza de una película, el apagado resplandor de una puesta de sol… es señal de que las entretelas de la persona se activan por el regusto de la belleza, un trascendental del ser.

El humor tiene una función en la psicología, ¿puede explicar cuándo el humor hace más humana a una persona?
El humor puede tener múltiples orígenes. Desde lo chabacano o rudo, hasta representar un chispazo de la exquisitez de la inteligencia humana. De todos eso posibles orígenes el más humano es el humor que germina en el amor: cuando una persona utiliza todos sus recursos para aliviar el sufrimiento de otro, para ayudar a otro sin ser notado. Así, el humor brota espontáneo, afable y expansivo. Muchos malos momentos de la vida se pueden esconder en el hueco interior de una sonrisa.

¿La dignidad humana tiene una gran relación con el saber gobernarse a sí mismo?
Sí, porque en la intimidad anidan las bridas del comportamiento. Si una persona actúa siguiendo el dictamen de su coherencia interior, mantiene una fuerza y constancia más intensa que si actuara en función de los movedizos y tornadizos intereses de los requerimientos o instigaciones externos a su dignidad.

¿Qué entiende por aceptar la limitación de lo real?
Una cosa muy sencilla, que nos suele alejar de la felicidad. La felicidad absoluta –completa y total- no existe por la limitación inherente al ser humano. Si anheláramos esa felicidad viviríamos con una sensación de desencanto habitual. Hay que convencerse que la única felicidad razonable, real, es la que permite disfrutar de la vida, con sus alegrías y bonanzas, en el espacio realista de los problemas, enfermedades, fracasos, dificultades, obstáculos… Todo lo demás pertenece al terreno de la fantasía.

Su última propuesta en este libro es una invitación a superar el desencanto en la vida de cada uno. Entonces, ¿la felicidad se construye día a día?
El desencanto ha de entenderse en el sentido de una pregunta anterior: situarse en el espacio de la limitación de lo real. La vida puede ser un experimento fantástico, engatusante y engatusador, siempre que no perdamos de vista las coordenadas de lo real. Y para disfrutar de la vida hay que zambullirse de bruces en el único tiempo capaz de sentir la hondura de vivir: ahora, hoy.

¿A lo largo de la investigación o de la elaboración del trabajo ha encontrado algo inesperado o que le sorprendiera especialmente?
Sí, y mucho. La inicialmente impensable cantidad de rosas frescas (bondad humana) que cuajaron y crecieron en aquel atroz estercolero.