El entusiasmo suscitado por la escuela única, en
determinados sectores, no es algo de nuevo cuño. Supone el regreso, en formato
renovado, de un concepto ya fracasado, y por ello abandonado: la escuela
neutra. La aspiración hacia una escuela neutra se deshizo, por su
inconsistencia, como un azucarillo en un vaso de agua. Eso de neutro y libertad
solo casaba en mentes de chip marxista. Igual ocurre ahora con la escuela
única, tampoco concilia con la libertad.
En una sociedad democrática, expresión de las libertades
individuales, no es de recibo la imposición de un modelo único de educación.
Huele a tufillo de adoctrinamiento. Una enseñanza plural parece más acorde con
la democracia, porque salvaguarda el derecho de los padres para elegir la educación
de sus hijos, pieza clave en el engranaje de una sociedad respetuosa con las
libertades.
Para intentar salvar esa incongruencia, la escuela única se
refugia en los beneficios de la escuela pública. Aunque esa dialéctica entre
pública y privada ya huele a rancio; representa otro ungüento mental que rezuma
anacrónico marxismo. Una sociedad avanzada debe ofertar una plural educación de calidad, para que
los ciudadanos elijan en libertad. Una educación de calidad compromete como una
conquista irrenunciable.
Además, la escuela única atenta contra el principio de
igualdad de oportunidades. Que la escuela pública garantiza la igualdad de
oportunidades es una milonga ideológica que incomprensiblemente engatusa a
ciertos colectivos. Pero no resiste a la fuerza de los hechos: es inviable en
la práctica, si se mantienen el criterio de zonificación y los sistemas
actuales de promoción del profesorado.
La zonificación consiste en primar la cercanía del domicilio
del alumno como requisito preferente para concederle plaza en un centro. Y esa
regla discrimina por una sencilla cuestión: el precio de la vivienda. La tozuda
realidad evidencia que en las zonas exclusivas o lujosas viven los
económicamente fuertes; los jóvenes o en vías de acomodación abarrotan las
urbanizaciones de las afueras; y los más desfavorecidos las periferias, los
barrios mal dotados o las barriadas marginales… En definitiva, el poder adquisitivo
dispone la ordenación de la población en los núcleos urbanos. Por consiguiente,
la zonificación propicia escuelas con alumnos de familias adineradas, y
escuelas con alumnos de familias menos favorecidas. Expresado en lenguaje
populista: niños ricos con niños ricos y niños pobres con niños pobres… Contemos
además con la correlación –vigente aun- entre situación socioeconómica y nivel
cultural, expectativas educativas, aspiraciones sociales, fluidez verbal… Ese
contexto cultural empobrecido predispone, al menos, a un enlentecimiento de la
enseñanza y del aprendizaje. Pero aún hay más…
En la práctica, los años de docencia representan el factor preferente
en la promoción del profesorado. Por supuesto, la experiencia docente no es
garantía suficiente para el buen quehacer profesional; sin embargo, sí se puede
afirmar que los profesionales competentes se han forjado en y con la práctica
educativa. ¿Cuál suele ser el primer destino de los maestros primerizos? Las
escuelas rurales o de los barrios extremos de las poblaciones. Contrariamente,
los profesores con suficientes años de servicio aspiran a una plaza en propiedad
en algún centro prestigioso, o cercano a su domicilio. ¿Dónde se encuentran los
centros con solera educativa? Generalmente en las zonas selectas o
tradicionales de las ciudades.
Como colofón: los barrios prósperos disfrutan de profesores
con experiencia y un alumnado con notables expectativas educativas y sociales; y
en el otro extremo, en las zonas vulnerables, las escuelas se nutren con
profesores primerizos y alumnos con escaso nivel de aspiraciones. ¿Igualdad de
oportunidades? Podría acontecer la siguiente hipotética incongruencia democrática:
un alumno de familia acomodada, sitzfleisch
(caliente asiento) en un prestigioso colegio público, ensimismado con el
próximo paseo en yate; y un alumno de alta capacidad y excelentes resultados
académicos bosteza en un aula desmotivada de un barrio marginal. ¿No resultaría
más justo, igualitario, cambiarlos de bancada? Y, además, así lograríamos
optimizar los recursos…
La cabal certeza de lo avanzado hasta aquí se demuestra irrebatiblemente
con una conocida picaresca: la ingente cantidad de argucias y triquiñuelas que
se ingenian las familias para empadronarse en domicilios cercanos a los centros
que desean para sus hijos. Y si malo es saltarse la ley a la torera, mejor nos
iría si la ley arbitrara los mecanismos para una real e igualitaria libre
elección de centro. En tales condiciones comprobaríamos cómo los padres se
inclinarían, mayoritariamente, por los colegios con mayor calidad en la
instrucción y en la educación.
¿Y los recursos? Conviene cuestionarse seriamente el
presupuesto apriorístico de que la calidad de la educación es proporcional a la
cantidad de recursos, sin menoscabo del valor de los medios. En el proceso de
enseñanza/aprendizaje solo existen dos elementos esenciales y efectivos: la
preparación del profesorado y la aptitud y actitud de los alumnos. La
influencia de todo lo demás… ¡depende!, que diría un gallego.
José Benigno Freire.
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