Si aplicáramos una valoración a ese amplísimo concepto de
“vida normal”, seguramente, a la larga, resultaría relativamente agradable,
gratificante. Sin embargo, esa vida, inevitablemente, atravesaría días o
temporadas difíciles, malas, como solemos decir: disgustos, inquietudes,
problemas, tristezas, fracasos, estrés, desamores, enfermedades, dolores…
Incluso, en ocasiones, parece que se entrelazan las dificultades y se pasan
unos tiempos recios, peliagudos.
Siempre que suceda algo así, la respuesta existencial es
clara y rotunda: atajar la situación, aplicar el remedio o la solución
oportuna. Todo lo demás son zarandajas, fantasías. Con esta actitud hemos de
actuar siempre y en todo: ¡afrontar la realidad con decisión!
Evidentemente, por pura lógica, esta certera actitud, en la
práctica, no se puede aplicar en todas las ocasiones. Hay situaciones espinosas
o complejas que para solventarlas precisan tiempo; otras se enquistan (por
ejemplo, una enfermedad crónica); en ocasiones la solución se escapa a nuestro
empeño y deseo (suele ocurrir en conflictos donde median rencores, rencillas…);
etc. En definitiva, por una u otra razón, irremediablemente aparecerán días o
temporadas malas. Ley de vida.
Por esa condición de inevitables, bien nos vendría
exprimirle algún jugo, en vez de resignarnos a que nos amarguen, angustien o
desconsuelen. He aquí la cuestión: ¿cómo
aprovechar esas temporadas malas? Propongo algunas reflexiones recogidas de otros
autores:
Ante las situaciones
adversas las reacciones personales abarcan la gama completa de la psicología.
La más frecuente, y de las más beneficiosas, es la resignación. La resignación
consiste en resistir lo desfavorable con estoicismo. Pero la resignación
presenta un punto débil: cubre los aconteceres diarios con una especie de
paréntesis existencial para centrarse en solucionar las situaciones adversas, y
así poder regresar a la vida habitual; el resto de la actividad de esos días se
sortea como de puntillas. La Logoterapia (Viktor Frankl) denomina a esa postura
“actitud de existencia provisional”: nos distanciamos del hoy porque vivimos
pendientes de lo que viviremos después, cuando la situación desfavorable se
arregle o desaparezca…
Al focalizarnos en
resolver lo negativo -fastidioso-, y alejarnos de la genuina cotidianeidad, tal
vez no advirtamos los menudos momentos agradables que asoman en cualquier día
malo. Lo expresaba muy bellamente Tagore: “Si de noche lloráis por el sol, nunca veréis las estrellas”. La
noche también esconde sus encantos, encantos que no tiene el sol. Solo
apreciaremos la sensación de infinitud, los horizontes serenos, el silencio
seductor…, si no nos embarga la obsesiva nostalgia del sol. Lo explican
requetebién las personas que han superado una operación o enfermedad grave: aprendí
a disfrutar los pequeños momentos: un paseo más allá del pasillo, una caricia,
dormir sin molestias, salir a la calle… Consiste en disfrutar lo que toca, lo
real, lo de hoy. Y ceñirse a la realidad es un criterio seguro de madurez
personal.
Y otra reflexión de Lao Tse, uno de los maestros de la
filosofía china: “Lo que la oruga llama
fin o final el resto del mundo lo llama mariposa”. En efecto, todas y
cada una de las circunstancias de la vida -buenas o malas- reclaman una
respuesta personal. Cada momento de la vida es una invitación a reaccionar
personalmente… La respuesta puede resultar briosa o pusilánime, ajustada o
alocada, recelosa o solidaria, indolente o entusiasta… Y ese conjunto de
reacciones, enlazadas, construyen la personalidad y escriben la biografía.
Pero la invitación de las ocasiones adversas encierra una
gran ventaja: agitan la intimidad y casi obligan a actuar. O nos abaten, o nos
remueven para crecer por dentro. Séneca lo expresaba así: “la vida nos prueba”.
Y se lo explicaba a sus jóvenes discípulos: ¿cuándo se conoce si un marinero es
un lobo de mar?, ¿al pasear o descansar en cubierta?, ¿con la mar chicha?: no,
en la tormenta, cuando la mar se encabrita, entonces se deja ver el valor y la
pericia del marinero… ¡Cuándo la vida nos pruebe!, entonces demostramos la
entereza personal, la resiliencia, la capacidad para convertir las orugas en mariposas… Es decir, crecer por dentro,
mejorar como personas. Sabiduría psicológica que ya conocían nuestra abuelas en
formato refrán: “No hay mal que por
bien no venga”.
Es una auténtica pena pero, en la actualidad, este lenguaje
de la personalidad madura no resulta atractivo, seductor. Las sociedades
desarrolladas sufrimos una asfixia de bienestar que nos ciega para apreciar los
tonos de la intimidad: vivimos embobados en los brillos de la imagen que
proyectamos, a pesar de lo artificioso de los filtros de Instragram… Aunque,
irremediablemente, en algún momento, tropezaremos con la rocosa realidad de las
leyes de la vida: épocas apacibles y épocas desapacibles; tiempos de mar chicha
y jornadas con la mar encabritada… Por eso, cuando la vida nos pruebe, ¡qué nos
probará!, bueno será que nos encuentre firmes y sólidos, serenos… ¡sin filtros!
El Heraldo (Zaragoza)
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