lunes, 24 de agosto de 2020

PÓDCAST Cómo tratar a los enfermos del ánino

CÓMO TRATAR A LOS ENFERMOS DEL ÁNIMO. https://www.ivoox.com/46724019

PÓDCAST La autoestima

LA AUTOESTIMA. https://www.ivoox.com/46723550

PÓDCAST Una felicidad muy gustosa

UNA FELICIDAD MUY GUSTOSA. https://www.ivoox.com/46722809

PÓDCAST Estrategias para mejorar las relaciones

ESTRATEGIAS PARA MEJORAR LAS RELACIONES. https://www.ivoox.com/44450093

PÓDCAST Consejos antiestrés

CONSEJOS ANTIESTRÉS. https://www.ivoox.com/46720783

PÓDCAST Sobre la motivación

SOBRE LA MOTIVACIÓN. https://www.ivoox.com/46420083

PÓDCAST Raíces de la toxicidad emocional

RAÍCES DE LA TOXICIDAD EMOCIONAL. https://www.ivoox.com/44735640

PÓDCAST Nos confunde la felicidad

NOS CONFUNDE LA FELICIDAD. https://www.ivoox.com/44690953

PÓDCAST Por qué es difícil vivir la vida

POR QUÉ ES DIFÍCIL VIVIR LA VIDA. https://www.ivoox.com/44690650

PÓDCAST Equilibrar el carácter

EQUILIBRAR EL CARÁCTER. https://www.ivoox.com/44585902

Desescalada psicológica

 
  

Sirva esta primera línea como homenaje y consideración a las personas que en estos últimos meses, por diversos motivos, han sufrido lo indecible; padeciendo circunstancias lacerantes, dolorosas, trágicas, sangrantes. Sin embargo, orientaré estas reflexiones hacia aquellas personas que únicamente han soportado los inevitables y lógicos problemas y dificultades del confinamiento, sin ningún agravante sobreañadido; es decir, personas cuya tensión emocional no rebasó los amplísimos lindes de la normalidad psíquica.

Estas personas, una vez finalizado el confinamiento, experimentaron una agradable sensación de respiro emocional, de alivio, hasta imaginar que ¡ya pasó todo!: como si regresaran al anterior escenario psíquico. No pasa de ser una falsa ilusión. En realidad seguimos psicológicamente muy cansados, posiblemente sin percibirlo o ser consciente de ello.

Lo explico con un ejemplo: imaginemos que recibimos un fuerte puñetazo en un ojo; tras aplicarle los remedios oportunos, mejora, y ya no duele, sin embargo, durante un tiempo aún perdurará la hinchazón, el moratón y la vista algo turbia. Pues –metafóricamente- sucede igual en el psiquismo: el confinamiento desencadenó una sacudida inesperada y brusca, profunda e intensa en el núcleo mismo de la personalidad. Tal vez, ahora, no se note la presión interna, pero aún permanece la hinchazón, el moratón y el mirar borroso, continuando con el ejemplo. ¡Hemos de darle tiempo al tiempo!: pues ese viscoso cansancio psicosomático es efecto de experiencias desabridas; señalo algunas:

Durante largas semanas soportamos una aguda y continuada incertidumbre, y la incertidumbre recarga el mundo afectivo. Y, también, miedo, o preocupación excesiva: emociones paralizantes, que nos mantienen en un estado permanente de alerta, de ansiedad. Súmese el bombardeo de sobreinformación de acentos calamitosos y catastróficos. Este tipo de información deja un poso de tristeza larvada; la tristeza empaña y aletarga el ánimo y tiñe el pensamiento de negatividad. Por todo ello se tensa la intimidad y aflora la pesadumbre y, en mayor o menor medida, el desasosiego. Los pensamientos se arremolinan en torno a la pandemia, y con su enfoque de tonos negros no encuentran aspectos o salidas positivas a la situación. En conclusión, con mayor o menor consciencia, atravesamos, y atravesaremos, una temporada de cansancio interior, psicosomático.

El cansancio psicosomático se despeja poco a poco, ¡dándole tiempo al tiempo! Tendemos a imaginar que la intimidad es como de plastilina: se deja moldear a nuestro antojo, a nuestro albur. Y no es así. La dinámica de la personalidad se rige por unas leyes precisas, prestablecidas: el desagüe de las tensiones internas, no es abrupto, precisa una desescalada gradual y progresiva. Por ello, para disipar el cansancio emocional, el leguaje eficaz es calma, serenidad, mesura…

Muy contrariamente, en ocasiones, inconscientemente, se pretende liberar la opresión interior de golpe y porrazo, a la manera de los toros cuando salen del toril, o con un afán de resarcirse. Un comportamiento así, atolondrado, podría provocar heridas, huellas o secuelas que lesionen o cronifiquen en la personalidad. Es un fenómeno similar a si alguien permanece encerrado en una cueva oscura; para salir precisa protección en los ojos, so riesgo de dañarlos. O la descomprensión del buceo (enfermedad de Caisson): los buzos, para ascender a superficie, atenúan progresivamente la velocidad adecuándola a la disminución de la presión del agua. En definitiva, los próximos meses reclaman una cadencia templada, reposada:  

Disfrutar, sin exageraciones, de las menudas rutinas ordinarias que nos devuelven a la añorada normalidad. Sin tomar decisiones impetuosas; conviene más –si la vida lo permite- aplazarlas o adoptarlas con carácter provisional. Quizá nos sintamos inclinados a entresacar lecciones de la crisis para mejor vivir: ¡buen empeño, y propósito!; pero, tal vez, convenga esperar… La explicación resulta muy clara, y sencilla: nuestras conductas se gestan en la confluencia de un componente emocional y otro racional. Lo racional marca dirección y sentido, finalidad; y lo emocional es irreflexivo, impulsivo, momentáneo. Si predomina el factor emocional nos dejaremos arrastrar por deseos espontáneos, mudables, tornadizos: fuente casi segura de error…

El ambiente ideal para completar esta desescalada es perseguir espacios abiertos (físicos y mentales), amplitud y profundidad, horizontes despejados, soñar el futuro con amaneceres… Procurar paz, calma…: engatusarse con un libro; una música melodiosa; dejarse seducir por cualquier manifestación de belleza; sobremesas prolongadas y distendidas, divertidas; paseos largos y tranquilos, esos que apaciguan los ánimos turbulentos…; y todo lo que a uno le apetezca en esta dirección. Y añadamos un par de eficacísimos canales de drenaje emocional: ¡la ternura y la amistad!

Y paciencia, mucha paciencia esperanzada. No regresaremos a la intimidad afectiva anterior al confinamiento hasta que los recuerdos de estos tiempos parezcan vestigios de un mal sueño, de un mal sueño de una lejana noche en duermevela. El realismo apunta que va para largo sentir esa sensación, pero ese mismo realismo casi garantiza que esta encrucijada tiene salida.  

El Heraldo (Zaragoza), El Correo Vasco (Bilbao).

 

miércoles, 5 de agosto de 2020

¿Para qué sirven los días malos?




Si aplicáramos una valoración a ese amplísimo concepto de “vida normal”, seguramente, a la larga, resultaría relativamente agradable, gratificante. Sin embargo, esa vida, inevitablemente, atravesaría días o temporadas difíciles, malas, como solemos decir: disgustos, inquietudes, problemas, tristezas, fracasos, estrés, desamores, enfermedades, dolores… Incluso, en ocasiones, parece que se entrelazan las dificultades y se pasan unos tiempos recios, peliagudos.
Siempre que suceda algo así, la respuesta existencial es clara y rotunda: atajar la situación, aplicar el remedio o la solución oportuna. Todo lo demás son zarandajas, fantasías. Con esta actitud hemos de actuar siempre y en todo: ¡afrontar la realidad con decisión!

Evidentemente, por pura lógica, esta certera actitud, en la práctica, no se puede aplicar en todas las ocasiones. Hay situaciones espinosas o complejas que para solventarlas precisan tiempo; otras se enquistan (por ejemplo, una enfermedad crónica); en ocasiones la solución se escapa a nuestro empeño y deseo (suele ocurrir en conflictos donde median rencores, rencillas…); etc. En definitiva, por una u otra razón, irremediablemente aparecerán días o temporadas malas. Ley de vida.

Por esa condición de inevitables, bien nos vendría exprimirle algún jugo, en vez de resignarnos a que nos amarguen, angustien o desconsuelen. He aquí la cuestión: ¿cómo aprovechar esas temporadas malas? Propongo algunas reflexiones recogidas de otros autores:

Ante las situaciones adversas las reacciones personales abarcan la gama completa de la psicología. La más frecuente, y de las más beneficiosas, es la resignación. La resignación consiste en resistir lo desfavorable con estoicismo. Pero la resignación presenta un punto débil: cubre los aconteceres diarios con una especie de paréntesis existencial para centrarse en solucionar las situaciones adversas, y así poder regresar a la vida habitual; el resto de la actividad de esos días se sortea como de puntillas. La Logoterapia (Viktor Frankl) denomina a esa postura “actitud de existencia provisional”: nos distanciamos del hoy porque vivimos pendientes de lo que viviremos después, cuando la situación desfavorable se arregle o desaparezca…

Al focalizarnos en resolver lo negativo -fastidioso-, y alejarnos de la genuina cotidianeidad, tal vez no advirtamos los menudos momentos agradables que asoman en cualquier día malo. Lo expresaba muy bellamente Tagore: “Si de noche lloráis por el sol, nunca veréis las estrellas”. La noche también esconde sus encantos, encantos que no tiene el sol. Solo apreciaremos la sensación de infinitud, los horizontes serenos, el silencio seductor…, si no nos embarga la obsesiva nostalgia del sol. Lo explican requetebién las personas que han superado una operación o enfermedad grave: aprendí a disfrutar los pequeños momentos: un paseo más allá del pasillo, una caricia, dormir sin molestias, salir a la calle… Consiste en disfrutar lo que toca, lo real, lo de hoy. Y ceñirse a la realidad es un criterio seguro de madurez personal.

Y otra reflexión de Lao Tse, uno de los maestros de la filosofía china: “Lo que la oruga llama fin o final el resto del mundo lo llama mariposa”. En efecto, todas y cada una de las circunstancias de la vida -buenas o malas- reclaman una respuesta personal. Cada momento de la vida es una invitación a reaccionar personalmente… La respuesta puede resultar briosa o pusilánime, ajustada o alocada, recelosa o solidaria, indolente o entusiasta… Y ese conjunto de reacciones, enlazadas, construyen la personalidad y escriben la biografía.

Pero la invitación de las ocasiones adversas encierra una gran ventaja: agitan la intimidad y casi obligan a actuar. O nos abaten, o nos remueven para crecer por dentro. Séneca lo expresaba así: “la vida nos prueba”. Y se lo explicaba a sus jóvenes discípulos: ¿cuándo se conoce si un marinero es un lobo de mar?, ¿al pasear o descansar en cubierta?, ¿con la mar chicha?: no, en la tormenta, cuando la mar se encabrita, entonces se deja ver el valor y la pericia del marinero… ¡Cuándo la vida nos pruebe!, entonces demostramos la entereza personal, la resiliencia, la capacidad para convertir las orugas en mariposas… Es decir, crecer por dentro, mejorar como personas. Sabiduría psicológica que ya conocían nuestra abuelas en formato refrán: “No hay mal que por bien no venga”.

Es una auténtica pena pero, en la actualidad, este lenguaje de la personalidad madura no resulta atractivo, seductor. Las sociedades desarrolladas sufrimos una asfixia de bienestar que nos ciega para apreciar los tonos de la intimidad: vivimos embobados en los brillos de la imagen que proyectamos, a pesar de lo artificioso de los filtros de Instragram… Aunque, irremediablemente, en algún momento, tropezaremos con la rocosa realidad de las leyes de la vida: épocas apacibles y épocas desapacibles; tiempos de mar chicha y jornadas con la mar encabritada… Por eso, cuando la vida nos pruebe, ¡qué nos probará!, bueno será que nos encuentre firmes y sólidos, serenos… ¡sin filtros!

El Heraldo (Zaragoza)