jueves, 10 de diciembre de 2020

Amistad COVID

 Las mejores frases sobre la amistad para Twitter – Mundi Frases .com

Muy posiblemente el confinamiento ayudó a descubrir o, mejor dicho, redescubrir la amistad. En términos muy generales, y en el mejor de los casos, en esas semanas el psiquismo se cubrió de una mixtura de incertidumbre, miedo y tristeza que despertaba nostalgias y necesidad de cariño, de amistad. Añoramos, con cierta ansiedad, la cercanía de las personas queridas.

La desescalada permitió recuperar y disfrutar situaciones de la vida ordinaria que seguramente, en la normalidad, vivíamos con una naturalidad aturdida: visitar a los abuelos, charlas con amigos, comidas familiares, amigables encuentros fortuitos… No es que engordara el cariño, es que saboreábamos más los momentos. Ocurrió algo similar al efecto de esas bombillas que gradúan la luminosidad: la estancia luce más o menos según la intensidad de la luz. Pues bien, en aquellos días encendimos al máximo la afectividad y la ilusión del reencuentro. Se cumplió aquel aforismo de Heráclito: “La enfermedad hizo buena y amable la salud”. Sencillamente, disfrutábamos lo habitual, un disfrute que en tiempos de bonanza posiblemente pasaba inadvertido.

Y durante semanas saboreamos con placidez aquellos deseados encuentros. La conversación fluía casi a borbotones y asomaban recuerdos, anhelos, desánimos… El tiempo volaba y se estaba muy ¡requetebién! Por eso un autor definió la amistad como un suave dejarse estar en compañía del amigo.

Además de ese bienestar emocional también se suavizaba y refrescaba la intimidad. Apetecían las conversaciones cordiales y expansivas para dar cauce a los cansancios, ansiedades, alegrías… ¡Qué descanso interior en medio de aquellas turbulencias! Un antiguo filósofo explicaba plásticamente los beneficiosos efectos de las conversaciones entre amigos. Decía:

Producen un alivio subjetivo, pues al contar las penas parece que se descarga parte del peso en el amigo, y esa sensación aligera la pesadumbre. Pero también provoca un alivio objetivo, real, pues nos sentimos comprendidos, queridos, y el saberse querido mitiga la tristeza y acaricia el corazón. Amistad en estado puro.

Y a la inversa sucede lo mismo: ¡la empatía!, la complicidad afectiva con los sentimientos del otro; cuando compartimos sus alegrías y sinsabores, desánimos, bríos… En las circunstancias actuales, se concretaría, al menos, en intentar apaciguar el cansancio y el desaliento de la fatiga pandémica. Nos imbricamos casi sin esfuerzo en una empatía que calma y agrada, a los otros y a nosotros. Y predispone, sincera y prontamente, a hacer favores, ayudar, escuchar, acompañar: ventajas sobreañadidas de la amistad.

Pero también hicimos descubrimientos. Descubrimos que vecinos y gentes a las que dedicábamos un simple trato cortés eran serviciales, generosos, amables…; y algunas personas que aparentaban grises resultaron audaces, casi heroicas. Es decir, descubrimos que a nuestro alrededor hay más gente buena de la que pensábamos. Además, y con cierta sorpresa, compartimos miedos, privaciones, apuros, necesidades, con alguna persona de esas que tan feamente calificamos como tóxicas. En conclusión, descubrimos que podíamos relacionarnos con naturalidad con ellas, aunque no congeniáramos en todo. Ampliamos el radio de las amistades posibles.

¿Tal vez se me objete que idealizo demasiado la situación? Quizás… ¡sí! O expresado con precisión, solo dibujo el perfil bueno de la cuestión. Por supuesto, ese cóctel de emociones de tono tristón, en ocasiones, desequilibró el carácter, que se volvió irritable y más quisquilloso de lo habitual. Por ello, en las relaciones familiares o sociales, posiblemente, voló alguna contestación desabrida, alguna palabra o gesto agrío, miradas hoscas… En definitiva, menudencias comprensibles en tal estado de nerviosismo; pequeñeces que se desvanecen enseguida, y que únicamente incomodan si se suman.

Tal vez, alguien, quebrado por el dolor o el sufrimiento, o ante la impotencia frente a la adversidad, respondió con resentimiento y un silencioso amargor, que se reflejaba en una conversación ácida y un comportamiento algo hostil. Son situaciones disculpables y entendibles dadas las circunstancias. Necesitan tiempo para destilar el acíbar y recobrar la esperanza. Por lo tanto, merecen nuestra comprensión. Una fantasía más del caleidoscopio de la amistad.

Y una última consideración. Repetiré un comentario mustio que escuché días atrás: en la crisis económica nos conjuramos para no repetir torpezas pasadas; pues bien, no solo repetimos sino que ¡hemos vuelto a las andadas! ¿Sucederá ahora lo mismo con este reverdecer de la amistad? Previsiblemente… ¡sí! Cuando regresemos a la normalidad disminuirá, perezosamente, la intensidad de esos regustos emocionales por el simple moho del acostumbramiento. ¡Bien!: una vuelta más del carrusel sentimental. Pero supondría un grueso error perder esa honda y humana necesidad de dar y recibir cariño, tan evidente en estos tiempos excepcionales (independientemente de sus satélites afectivos). No permitamos que el individualismo galopante de la sociedad actual nos hechice con los fatuos brillos del vivir en nuestro caparazón. Quizá sirva de refuerzo, como acicate que aguijonea, aquel pensamiento de Machado: ¡Poned atención: un corazón solitario no es un corazón!

domingo, 15 de noviembre de 2020

Ternura

Afecto y ternura de una nieta a su abuela Manos, cuidado y amor

Sucedió en Sevilla unas semanas antes del confinamiento cuando subía la escalinata de una Iglesia. Allí, repanchingado entre los escalones, con maneras indolentes, un indigente mendigaba limosna. Esbocé una sonrisa para rechazar amablemente su petición, y continué escaleras arriba. Segundos después le oí chillar detrás de mí. Se me acercaba gritando más o menos así:

-¡Señor! ¡Muchas gracias, muchas gracias! Me miró y me ha sonreído. Me miró como a una persona... La gente sube y ni me miran, miran para otro lado, como si fuese nada. Me he sentido alguien…

Ahora sonreí abiertamente, y entré en la Iglesia. Pero el incidente me sorprendió y me impactó: ¡agradecía más una mirada amable que la limosna! Pensativo, decidí reflexionar sobre el asunto.

Y después se decretó el confinamiento.

Y con el confinamiento despertaron aquí y allá destellos de ternura, de humanidad: la querencia entre abuelos y nietos, la nostalgia de seres queridos, las argucias para conectar enfermos con familiares, redescubrir la amistad, la empatía con los golpeados por la adversidad, las colas del hambre, los ancianos… Y también avivaron ternuras, de tonos tristones, aquellas situaciones que herían el corazón: muertes y entierros en soledad, morgues y hospitales de campaña, el sufrimiento de enfermos y familiares, el atroz cansancio de profesionales extenuados…

Con esa torrentera de acontecimientos tremendamente emotivos, y alguna lectura, deduje un diagnóstico espero que certero: la sociedad actual sufre un déficit estructural de ternura; lo cual representa una lacra aguda y agria. Pero antes precisemos el concepto de ternura, pues es susceptible de analizarse a un doble nivel de experiencia humana.

El primer nivel es superficial, sin penetrar en la textura racional: un simple dinamismo corporal como respuesta a un estímulo (interno o externo); a la manera de la ira, lástima, rabia, antipatía… Surge reactivamente, espontáneamente; son meros movimientos de la sensibilidad. Comprobamos ese carácter sensible si los comparamos con algunos comportamientos animales; por ejemplo: la imagen de ternura de una hembra lamiendo a su cría. O con otro ejemplo muy gráfico: esas personas que lloran espontáneamente, por mera sensibilidad, ante una escena dulce o el final emotivo de una película. Pues de este tipo de ternura sensiblera, quejosa, rebosa la sociedad actual.

A niveles más profundos de la personalidad, observamos una ternura que emerge de la racionalidad, especialmente como expresión del amor. El amor, el cariño, se muestra también con caricias, miradas, abrazos, lágrimas… En este nivel lo sustancial es la intensidad del cariño que activa el gesto, y no tanto el gesto en sí.

Intentaré demostrarlo. Imaginemos una gustosa caricia del abuelo que refresca el ánimo. Poco después, sentados en una terraza, un amable señor desconocido, nos acaricia como el abuelo: ese proceder nos asusta, molesta y lo rechazamos airadamente… En conclusión, en la intimidad se gesta la ternura que trasciende al gesto, que expresa la médula de lo humano. Recordemos que a un sujeto que emplea fingidamente la cordialidad o el halago lo consideramos un adulador (¡embaucador es sinónimo de adulador!).

De esta ternura profunda adolece el armazón de la sociedad actual, aunque rebose de ternura sensiblera; un desfase que ataca al rodrigón del factor humanístico de la sociedad. Me fijaré en un par de situaciones que cimentan la arquitectura social.

Nadie duda de la importancia de la estabilidad familiar para la cohesión social; sin embargo, hoy, priman las uniones basadas (casi) exclusivamente en el bienestar mutuo y en sentirse afectivamente bien con el otro; y por ese carácter sensible de la relación ya nacen con fecha de caducidad. Contrariamente, cuando el amor es el motor, y la ternura consecuencia, la relación se consolida alrededor de un proyecto común que facilita sortear las inevitables turbulencias del vivir. ¿Eso significa renunciar al bienestar? No, al contrario: consiste en convertir la felicidad del otro en mi felicidad, y el bienestar del otro en mi disfrute. Pues con esa proliferación de uniones emocionales hemos convertido lo normal en excepción, y la excepción en lo habitual.

La crianza de los hijos, con frecuencia, también se tiñe de sensiblería. La felicidad infantil se centra en la satisfacción amable: la ternura en el trato (en ocasiones empalagosa), complacer los gustos, cumplir sus deseos espontáneos, sorprender con regalos y viajes desmedidos, evitarle las dificultades como a flores de invernadero… Nada es criticable, ni incompatible, ¡pero no es lo principal! La finalidad esencial con los hijos consiste en… ¡educarlos!: ayudarlos a convertirse en hombres y mujeres capaces de alcanzar la autonomía personal de adulto. Lo demás pasa a un segundo plano. Y esa maduración personal precisará, ¡impepinablemente!, esfuerzos, renuncias, cansancios, retrasar las gratificaciones instantáneas… Y, por parte de los padres: exigencia; y la exigencia no es lenguaje al gusto actual. El amor de padres precisa conjugar un cadencioso equilibrio entre exigencia y ternura. O expresado mejor: exigir con ternura.

Diario de Navarra (Pamplona), Hoy Extremadura (Badajoz).

 

jueves, 22 de octubre de 2020

Hoy necesitamos resiliencia

El término y concepto resiliencia cobra auge a galopadas en la divulgación psicológica, y hoy es una necesidad casi vital. De manera llana, la resiliencia se define como la capacidad de resistir y superar situaciones (muy) adversas. Así, pues, la resiliencia se asienta sobre dos fases enlazadas y sucesivas: soportar y combatir, subrayando la acción de superarse, de renacer. 
 Lo primero es soportar: sufrir y encajar el envite de las circunstancias difíciles. A nivel psicológico es como recibir un fuerte golpe que provoca una intensa conmoción emocional, y un desconcertante bloqueo interior. Ese choque, frontal e inesperado, o derrumba o aguijonea. Es decir, si no nos vence, se activan los resortes internos de la personalidad y resistimos arremetiendo. Se produce una reacción psicológica al estilo de aquel dicho popular: las heridas en caliente no duelen. Pero si la adversidad se alarga, “la herida se enfría”… y deja sentir la pesadez del sufrimiento. 
 Ese aguantar día a día tal vez pueda amortiguar algo el dolor, por acostumbramiento, pero acumula cansancio; ese cansancio desembocará en agotamiento, que aviva la fragilidad, el desaliento y la apatía. Son tiempos recios, duros, especialmente si únicamente podemos lidiar con las consecuencias de una desventura o fatalidad. ¡En esta situación nos ha colocado la emergencia sanitaria, con el agravante de un futuro incierto! Por eso ahora precisamos acopio de enormes dosis de la fortaleza de la paciencia. 
 Ahora bien, las circunstancias dramáticas, trágicas, turbadoras… desgarran la intimidad personal y generan heridas internas, angustias, trastornos, traumas... Pues, propiamente, la resiliencia se centra en esta segunda fase: la de recomponer el psiquismo quebrado, no dejarse doblegar o abatir. Incluso, más que en rehacerse, consiste en aprovechar la contrariedad para crecer personalmente, madurar, renacer y revivir, en gustar de nuevo las ansias de felicidad…
 Debemos aprovechar los espectaculares avances de la Psicología que facilitan herramientas y estrategias para solventar la adversidad, especialmente los programas de intervención para el afrontamiento. Sin embargo, conviene recordar que la resiliencia es una capacidad que se adquiere y educa, no una dotación de cuna; ni se consigue con técnicas, ni es una habilidad de laboratorio. Lo explicaré con una cierta ironía: cuando la vida nos de un zarpazo nunca nos preguntará si ya hemos finalizado el programa de afrontamiento… Unas generaciones atrás lo expresarían así: echarle agallas a la vida, especialmente cuando la vida se encabrita. 
 Aun así, dejémonos ayudar por la Psicología. Lo primero es ceñirse y amoldarse a los requerimientos de la situación; obviamente, no es lo mismo una hepatitis que un cáncer de hígado, o un robo callejero que una violación. En segundo lugar, conocer y gestionar el temperamento, pues unos presentan fortalezas y otros son proclives a la vulnerabilidad ante las dificultades. Aunque la genética ayuda, no es determinante. Lo explico. Imaginemos dos aviones en la pista de despegue, en uno el aeropuerto está a nivel del mar, y en el otro a tres mil metros de altitud; el segundo disfruta de una ventaja inicial, pero los dos pueden alcanzar el mismo techo de vuelo.
 Lo sustancial es el final, y no los vericuetos del camino: curar las heridas, equilibrar la personalidad, asimilar el pasado, recobrar la esperanza. Por eso la resiliencia es compatible con los retrocesos, los desánimos, los cansancios, la necesidad de ayuda o de aliento: ¡avanzar!; insisto, no importan tanto los tropiezos como el alcanzar la meta. O dicho de otra forma, las cicatrices también adornan la resiliencia.
 Y una precisa lección de la Psicología: la tenacidad para sobreponerse a la adversidad se vigoriza cuando el sujeto no solo se esfuerza en su propio interés, sino también se abre a finalidades externas al yo. La apertura de horizontes, los deseos de solidaridad, el aliviar otros sufrimientos, el acariciar corazones doloridos… otorgan solidez, refuerzan los ánimos y las energías. Principalmente en los desánimos: al desear no perjudicar a otros se renuevan las fuerzas, regresan los bríos.
 El otro gran recurso consiste en aferrarse decididamente a la estricta realidad, sin colorearla con ensueños o desfigurarla según el tornadizo mundo emocional. La situación es o está… ¡así! ¡Desde ahí hay que batallar! Y tampoco intentar solucionarla toda entera y de una vez. Nada descorazona tanto como el imaginar todas las previsibles dificultades del futuro acumuladas en un solo instante. ¡Ceñirse al hoy! Centrarse en la tarea de hoy: celebrar el corto adelanto o aceptar el pequeño fracaso; y seguir… Únicamente somos eficaces en y desde el presente, aunque ese presente unas veces se viva más teñido de pasado y otras de futuro. ¡Sin desalentarse!: así se anda el camino. Recordemos el acertado consejo del viejo sabio, Lao Tse: todo viaje grandioso comienza con un primer paso pequeño…

lunes, 14 de septiembre de 2020

Posible rebrote emocional

Me referiré a un incierto e hipotético rebrote de depresiones reactivas; pues, tal vez, en las circunstancias actuales, ¡en teoría!, aumenten en frecuencia e intensidad. Con ello no pretendo alarmar, inquietar o añadir preocupaciones; ni tampoco señalar remedios de prevención. Únicamente divulgar los síntomas para, si fuera necesario, actuar con seguridad y eficacia. Me apoyaré en una imagen para ilustrar el fenómeno afectivo que intento describir. Imaginemos que practicamos senderismo cargando con una mochila pesada. La mochila, al principio, deja sentir su peso. Tras una larga etapa, el cansancio nos inunda enteramente, parece envolvernos, y la carga se hace un todo con él. Paramos a descansar, y el primer gesto espontáneo es desembarazarse de la mochila. Gesto que produce un alivio grande. Al reanudar la marcha, ya descansados, otra vez la mochila deja sentir su peso. Así ocurrió durante el confinamiento: recargamos el psiquismo con emociones fuertes e intensas, incertidumbres, miedos, desánimos, abatimientos, pensamientos borrosos y sombríos… ¡Una mochila atiborrada! La desescalada trajo consigo una repentina sensación de alivio, de desahogo; los ánimos se despejaron y la “mochila” ganó en levedad. En la intimidad se respiraba un frescor ligero, como un paño frío rocía la frente tras un día de fiebre. Todavía más, ansiamos zambullirnos en los menudos placeres cotidianos con la ilusión del estreno, y satisfacer deseos contenidos: un paseíto, la terraza de un bar, descubrir rostros amigos, críos en bicicleta, la peluquería… Aun en medio de la turbulencia, la vida vuelve a esbozar sonrisas; y crece el hambre por disfrutar del bienestar de la vieja normalidad, animados por una afectividad optimista. Pero pasan los meses, y esa burbuja de ilusión y suavidad se desvanece poco a poco. Las esperanzadas previsiones parecen no cumplirse… Y, además, quizá seducidos por esa intimidad risueña, olvidamos que el ajetreo diario también guarda su “aquel”… ¿Quién recuerda la tonalidad emocional de finales de febrero o principios de marzo?: las prisas mañaneras para llevar a los hijos al colegio, los atascos, los agobios del trabajo, las apreturas del horario, las tareas inacabadas, la “pelea” por los deberes…, y agotados ¡ya!... aún resta bañar a los niños, preparar la cena, recoger… ¡Qué lejanas aparecían las vacaciones, y qué ganas de desconectar! Y aún era marzo… ¡Así es! La ansiada normalidad se vuelve esquiva… y al rengancharnos a la cotidianidad se acentúan los problemas, vividos con la naturalidad de siempre. ¡Otra vez a cargar con la “mochila” del vivir! El cansancio y las urgencias enturbian las alegrías risueñas de unos días atrás. Y ante ese contraste emocional, surgen preguntas: ¿qué me ocurre?, ¿por qué esta desgana?, ¿tanto desánimo?, ¿qué será lo siguiente?, ¿voy a peor? Enredarse en estas preguntas conduce a problematizar todavía más la situación. Y aquí radica el quid de la cuestión: en comprender lo ocurrido. El ánimo jovial surge como efecto de la liberación brusca de la tensión psíquica constreñida; una agradable sensación al desaguar la recarga emocional. Por eso tiene un carácter reactivo y transitorio: un simple oasis, ¡muy gustoso!, mientras transitamos desde la pesadumbre interior al espacio realista del vivir. Una ecuación psicológica sencilla que guarda un único hilo conductor, con tres momentos sucesivos: primero, una tensión psíquica inusual y desproporcionada; segundo, una liberación repentina de esa tensión, que refresca el psiquismo; tercero, un reengancharse paulatino a los inevitables rozamientos del día a día. No pasa de ser un proceso psíquico común, relativamente frecuente, ante cambios existenciales de cierta entidad: traslado de residencia, trabajo nuevo, un desamor inesperado, el final de un duelo, el diagnóstico de una enfermedad limitante… Este tipo de experiencias, después de un ajuste inicial, acostumbran a desembocar en un bajón del ánimo (según el decir popular), que suelen remitir espontáneamente con el simple correr del tiempo. Previsiblemente no produzcan huellas psíquicas, aunque esta temporada convulsa es terreno abonado para agitar las oscilaciones del ánimo. Esas turbulencias afectivas conviene soportarlas con serenidad, sin concederles excesiva atención: para combatir ese bullir de los estados de ánimo la mejor terapéutica, y la prevención acertada, consiste en aferrarse a los quehaceres del hoy, disfrutar lo que permita el hoy. Y terminaré con una aclaración pertinente. Cuando, en ocasiones, la duración del ánimo abatido o la intensidad de los síntomas muevan a sospechar una posible herida psíquica, entonces ya hablamos, posiblemente, de una depresión reactiva. Y el tratamiento de las depresiones reactivas es asunto exclusivo de los clínicos. En definitiva, acudir al profesional médico ante el menor indicio: a quien corresponde prescribir la actuación oportuna y apropiada. Y, por eso, huir como de la peste de la divulgación, los consejos bienintencionados, el autodiagnóstico o la automedicación. Hoy Extremadura (Badajoz), La Rioja (Rioja), Sur (Málaga), Ideal (Granada), Las Provincias (Valencia), Ideal (Jaén), Ideal (Almería).

lunes, 24 de agosto de 2020

PÓDCAST Cómo tratar a los enfermos del ánino

CÓMO TRATAR A LOS ENFERMOS DEL ÁNIMO. https://www.ivoox.com/46724019

PÓDCAST La autoestima

LA AUTOESTIMA. https://www.ivoox.com/46723550

PÓDCAST Una felicidad muy gustosa

UNA FELICIDAD MUY GUSTOSA. https://www.ivoox.com/46722809

PÓDCAST Estrategias para mejorar las relaciones

ESTRATEGIAS PARA MEJORAR LAS RELACIONES. https://www.ivoox.com/44450093

PÓDCAST Consejos antiestrés

CONSEJOS ANTIESTRÉS. https://www.ivoox.com/46720783

PÓDCAST Sobre la motivación

SOBRE LA MOTIVACIÓN. https://www.ivoox.com/46420083

PÓDCAST Raíces de la toxicidad emocional

RAÍCES DE LA TOXICIDAD EMOCIONAL. https://www.ivoox.com/44735640

PÓDCAST Nos confunde la felicidad

NOS CONFUNDE LA FELICIDAD. https://www.ivoox.com/44690953

PÓDCAST Por qué es difícil vivir la vida

POR QUÉ ES DIFÍCIL VIVIR LA VIDA. https://www.ivoox.com/44690650

PÓDCAST Equilibrar el carácter

EQUILIBRAR EL CARÁCTER. https://www.ivoox.com/44585902

Desescalada psicológica

 
  

Sirva esta primera línea como homenaje y consideración a las personas que en estos últimos meses, por diversos motivos, han sufrido lo indecible; padeciendo circunstancias lacerantes, dolorosas, trágicas, sangrantes. Sin embargo, orientaré estas reflexiones hacia aquellas personas que únicamente han soportado los inevitables y lógicos problemas y dificultades del confinamiento, sin ningún agravante sobreañadido; es decir, personas cuya tensión emocional no rebasó los amplísimos lindes de la normalidad psíquica.

Estas personas, una vez finalizado el confinamiento, experimentaron una agradable sensación de respiro emocional, de alivio, hasta imaginar que ¡ya pasó todo!: como si regresaran al anterior escenario psíquico. No pasa de ser una falsa ilusión. En realidad seguimos psicológicamente muy cansados, posiblemente sin percibirlo o ser consciente de ello.

Lo explico con un ejemplo: imaginemos que recibimos un fuerte puñetazo en un ojo; tras aplicarle los remedios oportunos, mejora, y ya no duele, sin embargo, durante un tiempo aún perdurará la hinchazón, el moratón y la vista algo turbia. Pues –metafóricamente- sucede igual en el psiquismo: el confinamiento desencadenó una sacudida inesperada y brusca, profunda e intensa en el núcleo mismo de la personalidad. Tal vez, ahora, no se note la presión interna, pero aún permanece la hinchazón, el moratón y el mirar borroso, continuando con el ejemplo. ¡Hemos de darle tiempo al tiempo!: pues ese viscoso cansancio psicosomático es efecto de experiencias desabridas; señalo algunas:

Durante largas semanas soportamos una aguda y continuada incertidumbre, y la incertidumbre recarga el mundo afectivo. Y, también, miedo, o preocupación excesiva: emociones paralizantes, que nos mantienen en un estado permanente de alerta, de ansiedad. Súmese el bombardeo de sobreinformación de acentos calamitosos y catastróficos. Este tipo de información deja un poso de tristeza larvada; la tristeza empaña y aletarga el ánimo y tiñe el pensamiento de negatividad. Por todo ello se tensa la intimidad y aflora la pesadumbre y, en mayor o menor medida, el desasosiego. Los pensamientos se arremolinan en torno a la pandemia, y con su enfoque de tonos negros no encuentran aspectos o salidas positivas a la situación. En conclusión, con mayor o menor consciencia, atravesamos, y atravesaremos, una temporada de cansancio interior, psicosomático.

El cansancio psicosomático se despeja poco a poco, ¡dándole tiempo al tiempo! Tendemos a imaginar que la intimidad es como de plastilina: se deja moldear a nuestro antojo, a nuestro albur. Y no es así. La dinámica de la personalidad se rige por unas leyes precisas, prestablecidas: el desagüe de las tensiones internas, no es abrupto, precisa una desescalada gradual y progresiva. Por ello, para disipar el cansancio emocional, el leguaje eficaz es calma, serenidad, mesura…

Muy contrariamente, en ocasiones, inconscientemente, se pretende liberar la opresión interior de golpe y porrazo, a la manera de los toros cuando salen del toril, o con un afán de resarcirse. Un comportamiento así, atolondrado, podría provocar heridas, huellas o secuelas que lesionen o cronifiquen en la personalidad. Es un fenómeno similar a si alguien permanece encerrado en una cueva oscura; para salir precisa protección en los ojos, so riesgo de dañarlos. O la descomprensión del buceo (enfermedad de Caisson): los buzos, para ascender a superficie, atenúan progresivamente la velocidad adecuándola a la disminución de la presión del agua. En definitiva, los próximos meses reclaman una cadencia templada, reposada:  

Disfrutar, sin exageraciones, de las menudas rutinas ordinarias que nos devuelven a la añorada normalidad. Sin tomar decisiones impetuosas; conviene más –si la vida lo permite- aplazarlas o adoptarlas con carácter provisional. Quizá nos sintamos inclinados a entresacar lecciones de la crisis para mejor vivir: ¡buen empeño, y propósito!; pero, tal vez, convenga esperar… La explicación resulta muy clara, y sencilla: nuestras conductas se gestan en la confluencia de un componente emocional y otro racional. Lo racional marca dirección y sentido, finalidad; y lo emocional es irreflexivo, impulsivo, momentáneo. Si predomina el factor emocional nos dejaremos arrastrar por deseos espontáneos, mudables, tornadizos: fuente casi segura de error…

El ambiente ideal para completar esta desescalada es perseguir espacios abiertos (físicos y mentales), amplitud y profundidad, horizontes despejados, soñar el futuro con amaneceres… Procurar paz, calma…: engatusarse con un libro; una música melodiosa; dejarse seducir por cualquier manifestación de belleza; sobremesas prolongadas y distendidas, divertidas; paseos largos y tranquilos, esos que apaciguan los ánimos turbulentos…; y todo lo que a uno le apetezca en esta dirección. Y añadamos un par de eficacísimos canales de drenaje emocional: ¡la ternura y la amistad!

Y paciencia, mucha paciencia esperanzada. No regresaremos a la intimidad afectiva anterior al confinamiento hasta que los recuerdos de estos tiempos parezcan vestigios de un mal sueño, de un mal sueño de una lejana noche en duermevela. El realismo apunta que va para largo sentir esa sensación, pero ese mismo realismo casi garantiza que esta encrucijada tiene salida.  

El Heraldo (Zaragoza), El Correo Vasco (Bilbao).

 

miércoles, 5 de agosto de 2020

¿Para qué sirven los días malos?




Si aplicáramos una valoración a ese amplísimo concepto de “vida normal”, seguramente, a la larga, resultaría relativamente agradable, gratificante. Sin embargo, esa vida, inevitablemente, atravesaría días o temporadas difíciles, malas, como solemos decir: disgustos, inquietudes, problemas, tristezas, fracasos, estrés, desamores, enfermedades, dolores… Incluso, en ocasiones, parece que se entrelazan las dificultades y se pasan unos tiempos recios, peliagudos.
Siempre que suceda algo así, la respuesta existencial es clara y rotunda: atajar la situación, aplicar el remedio o la solución oportuna. Todo lo demás son zarandajas, fantasías. Con esta actitud hemos de actuar siempre y en todo: ¡afrontar la realidad con decisión!

Evidentemente, por pura lógica, esta certera actitud, en la práctica, no se puede aplicar en todas las ocasiones. Hay situaciones espinosas o complejas que para solventarlas precisan tiempo; otras se enquistan (por ejemplo, una enfermedad crónica); en ocasiones la solución se escapa a nuestro empeño y deseo (suele ocurrir en conflictos donde median rencores, rencillas…); etc. En definitiva, por una u otra razón, irremediablemente aparecerán días o temporadas malas. Ley de vida.

Por esa condición de inevitables, bien nos vendría exprimirle algún jugo, en vez de resignarnos a que nos amarguen, angustien o desconsuelen. He aquí la cuestión: ¿cómo aprovechar esas temporadas malas? Propongo algunas reflexiones recogidas de otros autores:

Ante las situaciones adversas las reacciones personales abarcan la gama completa de la psicología. La más frecuente, y de las más beneficiosas, es la resignación. La resignación consiste en resistir lo desfavorable con estoicismo. Pero la resignación presenta un punto débil: cubre los aconteceres diarios con una especie de paréntesis existencial para centrarse en solucionar las situaciones adversas, y así poder regresar a la vida habitual; el resto de la actividad de esos días se sortea como de puntillas. La Logoterapia (Viktor Frankl) denomina a esa postura “actitud de existencia provisional”: nos distanciamos del hoy porque vivimos pendientes de lo que viviremos después, cuando la situación desfavorable se arregle o desaparezca…

Al focalizarnos en resolver lo negativo -fastidioso-, y alejarnos de la genuina cotidianeidad, tal vez no advirtamos los menudos momentos agradables que asoman en cualquier día malo. Lo expresaba muy bellamente Tagore: “Si de noche lloráis por el sol, nunca veréis las estrellas”. La noche también esconde sus encantos, encantos que no tiene el sol. Solo apreciaremos la sensación de infinitud, los horizontes serenos, el silencio seductor…, si no nos embarga la obsesiva nostalgia del sol. Lo explican requetebién las personas que han superado una operación o enfermedad grave: aprendí a disfrutar los pequeños momentos: un paseo más allá del pasillo, una caricia, dormir sin molestias, salir a la calle… Consiste en disfrutar lo que toca, lo real, lo de hoy. Y ceñirse a la realidad es un criterio seguro de madurez personal.

Y otra reflexión de Lao Tse, uno de los maestros de la filosofía china: “Lo que la oruga llama fin o final el resto del mundo lo llama mariposa”. En efecto, todas y cada una de las circunstancias de la vida -buenas o malas- reclaman una respuesta personal. Cada momento de la vida es una invitación a reaccionar personalmente… La respuesta puede resultar briosa o pusilánime, ajustada o alocada, recelosa o solidaria, indolente o entusiasta… Y ese conjunto de reacciones, enlazadas, construyen la personalidad y escriben la biografía.

Pero la invitación de las ocasiones adversas encierra una gran ventaja: agitan la intimidad y casi obligan a actuar. O nos abaten, o nos remueven para crecer por dentro. Séneca lo expresaba así: “la vida nos prueba”. Y se lo explicaba a sus jóvenes discípulos: ¿cuándo se conoce si un marinero es un lobo de mar?, ¿al pasear o descansar en cubierta?, ¿con la mar chicha?: no, en la tormenta, cuando la mar se encabrita, entonces se deja ver el valor y la pericia del marinero… ¡Cuándo la vida nos pruebe!, entonces demostramos la entereza personal, la resiliencia, la capacidad para convertir las orugas en mariposas… Es decir, crecer por dentro, mejorar como personas. Sabiduría psicológica que ya conocían nuestra abuelas en formato refrán: “No hay mal que por bien no venga”.

Es una auténtica pena pero, en la actualidad, este lenguaje de la personalidad madura no resulta atractivo, seductor. Las sociedades desarrolladas sufrimos una asfixia de bienestar que nos ciega para apreciar los tonos de la intimidad: vivimos embobados en los brillos de la imagen que proyectamos, a pesar de lo artificioso de los filtros de Instragram… Aunque, irremediablemente, en algún momento, tropezaremos con la rocosa realidad de las leyes de la vida: épocas apacibles y épocas desapacibles; tiempos de mar chicha y jornadas con la mar encabritada… Por eso, cuando la vida nos pruebe, ¡qué nos probará!, bueno será que nos encuentre firmes y sólidos, serenos… ¡sin filtros!

El Heraldo (Zaragoza)