El autor arremete contra las quejas solo cuando constituyen
el comportamiento habitual de una persona. Pues considera disculpables esas
quejas súbitas, casi reflejas, ante sucesos o acontecimientos desagradables;
mejor nos iría con una respuesta serena, pero eso del autocontrol… falla en
ocasiones. Quizá todos hemos sucumbido en ello alguna vez… Lo dañino, por
tanto, es el tono vital quejumbroso ante los aconteceres existenciales, ya que
las quejas traslucen ciertas carencias en la personalidad. En concreto, Noè
señala:
Insatisfacción. Intentaré explicarlo con un ejemplo
sencillo: una persona normal y corriente no suele quejarse por no tener un
helicóptero, pero tal vez lo haga por no disfrutar de un coche de alta gama… Es
decir, el descontento se asienta en el terreno de lo posible o probable. Por lo
tanto, quejarse es sentirse falto de algo que, a nuestra consideración, nos es
merecido o debido: las cosas no son como nos gustaría que fuesen o como nos
parecerían razonables o justas. En otras palabras, nos sentimos víctimas de la
injusticia, menospreciados, agraviados, envidiados… o que la suerte nos resultó
esquiva. En definitiva, los lamentos pretenden encontrar un chivo expiatorio
que explique esa insatisfacción, sin menoscabar nuestra autoestima. Y también
suavizar el desencanto y desaliento, buscando la miel de la compasión ajena,
cuando se siente la falta de fuerzas o recursos para revertir la situación:
victimismo, se llama. El victimismo es la suma del egocentrismo más la
insatisfacción.
Pero la clave de la cuestión apunta en otra dirección: las
quejas son estériles, inútiles, jamás consiguen nada. Noè lo fundamenta con
argumentación contundente y lógica: las quejas mantienen la mente concentrada
sobre el problema, pero no sobre la solución. Y aunque suene a perogrullada:
los problemas solo se solucionan si se solucionan. Por consiguiente, lo útil y
eficaz es buscar y encontrar salidas para solventar las encrucijadas de la
vida. ¡Actuar!, y actuar con realismo y optimismo, entendiendo que el optimismo
no significa que todo salga a nuestro antojo, sino en encontrarle a lo real su
mejor lado. Quejarse, afligirse, recriminar… se asemeja al refunfuñar de los
niños cuando se sienten obligados a obedecer. “Las quejas son como las
mecedoras: te entretienen, ¡pero no te llevan a ningún sitio!” (Salvo Noè).
Aunque conviene precisar. Los sucesos y acontecimientos
también impactan a nivel emocional. Recurro de nuevo a un ejemplo sencillo: la
muerte de un ser querido. Quejarse nada resuelve: ¡no resucitará! Pero ese
objetivismo no aquieta el profundo dolor interior, que despierta el proceso de
duelo. Apesadumbra, y mucho. Hay que sanar esa herida, ayudarla a cicatrizar. Y
uno de los remedios más eficaces es el desahogo: el mero contar las penas ya
las aligera. Bueno es desahogarse…
Pero desahogarse no es quejarse. Desahogarse es una catarsis
afectiva (emocional) que amortigua el dolor interior. Aunque corre el riesgo de
convertirse en un lamento victimista (¡ineficaz!); para evitarlo, el desahogo
ha de cumplir dos requisitos: 1) ser proporcional al suceso que lo desencadenó,
es decir, explayarse con mesura; 2) no surgir por efecto directo de la
explosión emocional, sino sosegado por el autocontrol. Para conseguirlo basta
con aplicar una regla sencilla: desahogarse con la persona oportuna y en el
momento oportuno…
Y lo paradójico, y sorprendente, es que en esta sociedad
hipersensiblera y con incontables canales de comunicación, resulta dificilísimo
encontrar ocasiones de consuelo. Escasean las personas con capacidad de escucha
y empatía hacia las penas. Hoy prima el subir fotos placenteras a cualquier red
social…
Por casualidad, cerca del ordenador descansa un libro en el
que sobresalen unas tiritas de papel que marcan citas sugerentes. En una de
ellas destaca la palabra QUEJA, y lo señalado dice así: Pero en estos tiempos
difíciles y con tanta falta de amigos, al menos no se elijan hombres tristes,
de esos que todo lo lloran, sin que haya cosa alguna que no les sirva de motivo
para quejas, [pues] es contrario al equilibrio psicológico el amigo que anda
siempre inquieto y el que se lamenta de todo. Al cerrar el libro, en la
portada, se deja leer título y autor: “Tratados
morales”, Lucio Anneo Séneca (¡Siglo primero!). Parece viene de antiguo…
José Benigno Freire
La provincia (Las Palmas). Diario Información (Alicante). Diario de Mallorca (Mallorca). La Opinión (Tenerife). La Nueva España (Asturias). Diario de Málaga (Málaga). La Opinión de A Coruña (A Coruña). Levante (Comunidad Valenciana). Diario de Centro América (Guatemala).
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