viernes, 7 de diciembre de 2018

Disfrutar el día a dïa



Paradójicamente descubrí esta actitud releyendo El hombre en busca de sentido (Viktor Frankl), un libro que se dibuja sobre el hediondo paisaje de los campos de concentración nazi. Es un breve ensayo para describir cómo influían las atrocidades del internamiento en la psicología de los prisioneros. Por regla general, la gente se embrutecía hasta límites incomprensibles. No obstante, algunos, no muchos, no sufrieron una regresión como hombres; al contrario, armonizaron y fortalecieron su personalidad, mejoraron como personas. Frankl estudió los síntomas que definían a ese grupo. Y el primero de ellos, además de inesperado, me sobrecogió: esos presos experimentaban una fuerte nostalgia por lo cotidiano

A esos prisioneros, la imaginación los empujaba hacia escenas de su vida habitual, anterior al confinamiento. Lo curioso es que no revivían sucesos o acontecimientos felices, brillantes o destacados, no; generalmente se recreaban, con ternura, en detalles menudos de un día habitual: me veía en la parada del autobús, cerrando el apartamento, contestando al teléfono (Frankl); un sillón cómodo, el crujido del llavín de casa (Szpilman); una cama blanda, la caricia de mi madre (Wiesel); un maravilloso baño caliente (Levi); mi madre ajustándole la corbata a mi padre, la dulzura de la abuela (Sepetys)… Los recuerdos “volaban hacia esos detalles hogareños con tanta intensidad que casi nos hacían llorar” (Frankl).

Quizá podría asaltarnos cierta duda acerca de la autenticidad de esas vivencias, y considerarlas como fantasías provocadas por la fuerte conmoción del internamiento o por la profunda turbación afectiva. La respuesta es no, un no contundente. Esos prisioneros vivían con la muerte escondida detrás de un cercano amanecer; y, ante la muerte, uno no está para lirismos o ternuras artificiosas. Por lo tanto, suscitaban nostalgias auténticas, y despertaban ganas de vivir; de forma y manera que Primo Levi bautizó esas emociones con una bella palabra alemana que se deja traducir por dolor de hogar
¡Ese dolor de hogar… me conmovió! Y me sacudió para cuestionarme sobre la vida normal: ¿acaso no sucede lo mismo en nuestro día a día?; ¿reparamos en esos detalles hogareños?; ¿los advertimos?; ¿los apreciamos?; ¿los disfrutamos?

Mi primera impresión resultó bastante descorazonadora: prácticamente ni reparamos en ellos; es más, solemos fijarnos solamente cuando nos faltan o fallan: si el café está frío, si el coche no enciende, sin agua caliente, el ascensor no funciona, no contestan a un saludo, se perdió el movil…
Y, muy posiblemente, un día normal guarda muchas de aquellas nostalgias de los prisioneros, quizá inadvertidas: una ducha calentita, un sabroso desayuno, un sillón mullido, el silencio o el bullicio del hogar, la conversación con un amigo, una caricia, alguna sonrisa perdida, el beso de un hijo… Tendemos a anotar lo molesto o desagradable, mientras no damos valor, por acostumbramiento, a los gratos momentos cotidianos. Si así fuese, resultaría un negocio ruinoso: hoy no los disfrutamos y si nos faltasen los lloraríamos…

Por el contrario, imaginemos aplicarnos en la lección de disfrutar esas continuas y menudas situaciones de bienestar. Entonces… gustamos con calma el café mañanero, respondemos a unos familiares buenos días, contemplamos un sereno anochecer, y el agua caliente, y el coche que enciende, correspondemos a un detalle amable o a una sonrisa y, en los tiempos que corren, hasta agradecemos el madrugón para salir a trabajar… ¡Cuántas posibles sensaciones gratas y apacibles tal vez sin atender…!

Lección que ha de leerse sin arrebatos cándidos o peliculeros. Evidentemente, el ajetreo de una jornada habitual conlleva asperezas, contrariedades, disgustos, cansancios, roces en la convivencia… ¡Bien! Pero se entremezclan con cantidad de circunstancias placenteras. La cuestión estriba en realizar un balance realista entre las alegrías y las tristezas, entre lo fastidioso y lo apetecible… Si a las acostumbradas dificultades le restamos los buenos momentos, aliviamos, al menos, la sensación de contrariedad… Y, ¡quién sabe!, tal vez algún día, ¡o algunos días!, las alegrías superen a las pequeñas tristezas… Y puestos a imaginar…: quizás el saldo positivo alcance cien o doscientos días un año… Lo cual disminuiría el estrés interior y asentaría el bienestar. Para lograrlo, no es preciso hacer nada extra o extraordinario, basta con cambiar de actitud: acostumbrarse a disfrutar los momentos agradables que nos regale cualquier día normal. 

Pero la cosa no termina ahí… Primo Levi, dos años después de su liberación, escribe a Jean Samuel, antiguo compañero de cautiverio: “como todavía puedo disfrutar realmente de todas las pequeñas cosas de la vida que habitualmente pasan desapercibidas, no me quejo demasiado de las grandes y pequeñas preocupaciones cotidianas”. Apreciación de agudo calado psicológico: la respuesta ante los acontecimientos, depende, también, del sosiego o turbulencia interior, pues no es igual echar una rama seca en un fuego llameante que en uno apaciguado. En definitiva, gozar los menudos momentos de felicidad parece un negocio estupendo: disfrutamos más y nos encabritamos menos…

El Nacional (Caracas). Las Provincias (Valencia).

martes, 18 de septiembre de 2018

Generación "índice"



Resultado de imagen de imágenes sobre el uso del móvil           Me referiré a un hecho de observación común: una persona coge el móvil con una mano y con el índice de la otra escribe letra a letra, lenta y cautelosamente. Suele ocurrir entre gentes que revolotean los sesenta, y de ahí hacia arriba. Los bauticé como “generación índice”. Están muy lejos del escribir rápido con los pulgares, o sin levantar el dedo del teclado, o navegar con intrepidez por las redes sociales… Aunque pueda aparentar un gesto menudo, representa un detalle significativo; todo un síntoma…

Revela que los “índice” emplean las tecnologías exclusivamente a nivel de usuario; en ocasiones, torpemente. Conocen la manera de hacer, pero ignoran lo qué hacen; por eso a la menor complicación o problema se quedan sin recursos, bloqueados, desconcertados. Atravesamos una situación similar, años atrás, con el cambio de la peseta al euro. Ya nos movemos con soltura en el manejo de las monedas y los billetes; sin embargo, algunas personas, aún hoy, precisan trasvasar el precio a pesetas para hacerse cierta idea del valor de las cosas. ¡Cuentan en euros, pero no piensan en euros, no saben operar con euros!

Algo parecido sucede con el nivel de usuario. Se aprovechan de las incontables ventajas de la tecnología para desempeñarse en el día a día, pero desconocen, o malogran, su utilidad sustancial: la operatividad y flexibilidad que brindan al pensamiento para aventurar una civilización prodigiosa… Intentaré explicarme algo mejor:  

Generalmente, las proposiciones originales del pensamiento, para plasmarlas en la práctica, precisan recursos instrumentales aun por descubrir. Así lo argumentaba Einstein. “El mundo que hemos fabricado como resultado del nivel de pensamiento que hemos utilizado hasta ahora crea problemas que no podemos solucionar con el mismo nivel de pensamiento en el que lo creamos”. Y aquí radica la aportación esencial de la tecnología moderna: facilitar herramientas inesperadas y sorprendentes para proyectar un progreso voraz e insaciable… ¡Fascinante! Se necesitan habilidades y modelos innovadores para que el pensamiento despliegue su ilimitado potencial, pues al actuar con los viejos esquemas se frenan o anulan las nuevas soluciones transformadoras ante los retos desconocidos del vertiginoso avance científico y técnico. Una tecnología en ebullición que nos deja abobados…: es tal la aceleración del progreso que (casi) agotan nuestra capacidad de asombro. En Leonardo da Vinci encontramos un ejemplo paradigmático de lo que intento expresar: sus geniales intuiciones, sus bocetos magistrales, no se pudieron ejecutar por falta de recursos técnicos…

Dicho lo cual, los “índice” (¡no todos!) deberían dar un paso al lado para no entorpecer o enlentecer los nichos profesionales con mayor esperanza de innovación. Pero eso no justificaría que las generaciones jóvenes los miraran con un cierto desdén. Al contrario, se merecen un respetuoso agradecimiento: la creatividad y el trabajo de sus padres y abuelos sentó las sólidas bases para el prodigioso mundo que disfrutan… ¡Mucho se le debe!

Refresco algunos datos. La primera computadora programable fue diseñada por Konrad Zuse (1936/1941). Desde 1947 hasta 1951 se conocieron distintas paternidades del transistor, el chip en 1958: indispensables para la reducción de costes y tamaños. El manejo fácil y agradable con interfaz gráfica salió al mercado en 1973 (Xerox) y se popularizó a partir de 1983 (Apple). Internet se inició tímidamente en los cincuenta, sin alcanzar notoriedad hasta los noventa. ¿Y los grandes “gurús” de este tinglado?: Bill Gates, 1955; Paul Allen, 1963; Steve Jobs, 1955; Stephen Wozniak, 1950… ¡No nacieron en el tiempo de los “nativos digitales”! La “generación índice” inició un desarrollo que ni ellos mismos fueron capaces de imaginar…

Y, además, resultó una tarea fatigosa. Levantaron los pilares para asentar una sociedad del bienestar desde los escombros de la Segunda Guerra Mundial: con jornadas laborales interminables, escasamente retribuidas, emigrando, casi sin derechos y vacaciones… y gran capacidad de ahorro al reducir al mínimo los gastos. Bastante penuria, y alto sentido de adaptación a lo real. ¿Cómo soportaron esa dura situación? ¡Con ilusión! La ilusión de reconstruir un país, forjar un patrimonio familiar y, principalmente, el empeño por dejarle a sus hijos un mundo mejor… Soñar algo o a alguien enciende las potencialidades adormecidas en el zona de confort del propio yo.

Aunque ese mismo entusiasmo les llevo a cometer un comprensible error pedagógico: priorizar en la educación el que sus hijos disfrutaran del bienestar que a ellos les faltó. Así se centraron demasiado en lo material, y descuidaron trasmitirle aquello que realmente les llenó y colmó la existencia: vivir para y con una ilusión. ¡Aun están a tiempo de subsanar ese error!: entusiasmando a sus hijos y a sus nietos, con ternura y risueña nostalgia, para buscar esos valores que satisfacen más hondamente que las (legítimas) comodidades de la calidad de vida.

En conclusión, para la “generación índice” bueno es apartarse, ¡pero no irse!, según el decir de un conocidísimo gallego…

José Benigno Freire
Las Provincias (Comunidad Valenciana).

jueves, 30 de agosto de 2018

Prohibido quejarse

Resultado de imagen de Imágenes tristeza        El título de estas líneas se lo tomé prestado a Salvo Noè, de su naciente best seller italiano. La venta del libro se acompañaba con un cartel rojo que destacaba el título. Cartel y libro llegaron al Papa Francisco, quien tuvo la ocurrencia de pegar el cartel en la puerta de su despacho. Alguien lo fotografió y lo colgó en la red. La fotografía se convirtió en viral y el libro se tradujo a varios idiomas en pocas semanas. Esconde algunas ideas sugestivas que me apetece comentar; aunque no destriparé el libro por si a alguien le entra la curiosidad de leerlo, cosa que recomiendo sin excesivo entusiasmo.
El autor arremete contra las quejas solo cuando constituyen el comportamiento habitual de una persona. Pues considera disculpables esas quejas súbitas, casi reflejas, ante sucesos o acontecimientos desagradables; mejor nos iría con una respuesta serena, pero eso del autocontrol… falla en ocasiones. Quizá todos hemos sucumbido en ello alguna vez… Lo dañino, por tanto, es el tono vital quejumbroso ante los aconteceres existenciales, ya que las quejas traslucen ciertas carencias en la personalidad. En concreto, Noè señala:
Insatisfacción. Intentaré explicarlo con un ejemplo sencillo: una persona normal y corriente no suele quejarse por no tener un helicóptero, pero tal vez lo haga por no disfrutar de un coche de alta gama… Es decir, el descontento se asienta en el terreno de lo posible o probable. Por lo tanto, quejarse es sentirse falto de algo que, a nuestra consideración, nos es merecido o debido: las cosas no son como nos gustaría que fuesen o como nos parecerían razonables o justas. En otras palabras, nos sentimos víctimas de la injusticia, menospreciados, agraviados, envidiados… o que la suerte nos resultó esquiva. En definitiva, los lamentos pretenden encontrar un chivo expiatorio que explique esa insatisfacción, sin menoscabar nuestra autoestima. Y también suavizar el desencanto y desaliento, buscando la miel de la compasión ajena, cuando se siente la falta de fuerzas o recursos para revertir la situación: victimismo, se llama. El victimismo es la suma del egocentrismo más la insatisfacción.
Pero la clave de la cuestión apunta en otra dirección: las quejas son estériles, inútiles, jamás consiguen nada. Noè lo fundamenta con argumentación contundente y lógica: las quejas mantienen la mente concentrada sobre el problema, pero no sobre la solución. Y aunque suene a perogrullada: los problemas solo se solucionan si se solucionan. Por consiguiente, lo útil y eficaz es buscar y encontrar salidas para solventar las encrucijadas de la vida. ¡Actuar!, y actuar con realismo y optimismo, entendiendo que el optimismo no significa que todo salga a nuestro antojo, sino en encontrarle a lo real su mejor lado. Quejarse, afligirse, recriminar… se asemeja al refunfuñar de los niños cuando se sienten obligados a obedecer. “Las quejas son como las mecedoras: te entretienen, ¡pero no te llevan a ningún sitio!” (Salvo Noè).
Aunque conviene precisar. Los sucesos y acontecimientos también impactan a nivel emocional. Recurro de nuevo a un ejemplo sencillo: la muerte de un ser querido. Quejarse nada resuelve: ¡no resucitará! Pero ese objetivismo no aquieta el profundo dolor interior, que despierta el proceso de duelo. Apesadumbra, y mucho. Hay que sanar esa herida, ayudarla a cicatrizar. Y uno de los remedios más eficaces es el desahogo: el mero contar las penas ya las aligera. Bueno es desahogarse…
Pero desahogarse no es quejarse. Desahogarse es una catarsis afectiva (emocional) que amortigua el dolor interior. Aunque corre el riesgo de convertirse en un lamento victimista (¡ineficaz!); para evitarlo, el desahogo ha de cumplir dos requisitos: 1) ser proporcional al suceso que lo desencadenó, es decir, explayarse con mesura; 2) no surgir por efecto directo de la explosión emocional, sino sosegado por el autocontrol. Para conseguirlo basta con aplicar una regla sencilla: desahogarse con la persona oportuna y en el momento oportuno…
Y lo paradójico, y sorprendente, es que en esta sociedad hipersensiblera y con incontables canales de comunicación, resulta dificilísimo encontrar ocasiones de consuelo. Escasean las personas con capacidad de escucha y empatía hacia las penas. Hoy prima el subir fotos placenteras a cualquier red social…
Por casualidad, cerca del ordenador descansa un libro en el que sobresalen unas tiritas de papel que marcan citas sugerentes. En una de ellas destaca la palabra QUEJA, y lo señalado dice así: Pero en estos tiempos difíciles y con tanta falta de amigos, al menos no se elijan hombres tristes, de esos que todo lo lloran, sin que haya cosa alguna que no les sirva de motivo para quejas, [pues] es contrario al equilibrio psicológico el amigo que anda siempre inquieto y el que se lamenta de todo. Al cerrar el libro, en la portada, se deja leer título y autor: “Tratados morales”, Lucio Anneo Séneca (¡Siglo primero!). Parece viene de antiguo…

José Benigno Freire
La provincia (Las Palmas). Diario Información (Alicante). Diario de Mallorca (Mallorca). La Opinión (Tenerife). La Nueva España (Asturias). Diario de Málaga (Málaga). La Opinión de A Coruña (A Coruña). Levante (Comunidad Valenciana). Diario de Centro América (Guatemala).

martes, 27 de febrero de 2018

Algo sobre la posverdad


La posverdad parece presentarse como el logotipo de cierta comunicación, propaganda y politiqueo actual. Se vuelve atractiva, y pegadiza, porque el relativismo le proporcionó el humus propicio, le abonó el terreno. El relativismo se caracteriza por rechazar la verdad objetiva, y sustituirla por meras apetencias afectivas; es decir, el comportamiento del hombre ya no se rige por la verdad, el deber, el compromiso…, ahora se guía según mi opinión, mis deseos, mis intereses, mis ambiciones… Ese “yoismo” cubre los comportamientos con un barniz emocional (subjetivo), y ese subjetivismo se convierte en la pecera ideal para que naden tan ricamente los pececillos de la posverdad. Y es que la posverdad siempre se suministra en piezas menudas…

La posverdad apela derechamente al mundo emocional, y prescinde de cualquier referencia a la verdad, a los sucesos o hechos reales. Recurre tanto a las emociones como a todos los satélites que las despiertan y encienden: sentimientos, opiniones, prejuicios, recelos, estereotipos, suspicacias, ambiciones, ansias, sueños… Y, además, las agita y las azuza hasta convertirlas en inicio y motor del comportamiento de los sujetos o de los grupos.

Para provocar una convicción predeterminada, asentar una ideología o crear un determinado estado de opinión, la posverdad puede afirmar (o desfigurar) lo que le convenga, pues no precisa someterse a la verificación de su verdad o la veracidad de lo real. Por eso se la considera la marca blanda de la mentira, aunque algunos puristas del lenguaje prefieren definirla como una mentira emocional. Con ese enardecimiento emocional se pretende acallar –intencionalmente- cualquier atisbo de racionalidad, aunque se proponga en (aparente y sinuoso) formato racional.

Por supuesto que no supone ninguna novedad el empleo de la mentira como proceder en la propaganda; especialmente en los populismos de viejo cuño. Joseph Goebbels insistía en que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. También el marxismo: verdad, mentira, justicia, injusticia… son conceptos burgueses; en el comunismo: si conviene decir la verdad, se dice; si conviene mentir, se miente… Ahora, con las fake neus, gozan de un poder de influencia más sugestivo y sofisticado, y una difusión vertiginosa y universal. En este sentido, Tabarnia representa un ejemplo tremendamente plástico, y actual, de cómo se transforma una sugerencia ingeniosa en un fenómeno de interés y alcance global. Así, con la misma facilidad, se puede moldear cualquier estado de opinión o suceso, verdadero o falso, real o imaginado.

¿Cómo consiguen credibilidad, a pesar de ser falsas? Insisto, porque acentúan la intensidad emocional hasta conseguir oscurecer o acallar las razones del pensamiento. Lo cual no resulta especialmente difícil, pues un principio del comportamiento, ya recogido en los viejos manuales de Psicología Social, demuestra que los grupos y las agrupaciones se conducen más por la “electricidad emocional” avivada por los líderes, que por las razones o las ideas. Proceder que se comprueba por observación común: las personas son capaces de comportarse en grupo con acciones que no realizarían en solitario. La actuación en grupo parece diluir la responsabilidad personal, y refuerza los afanes comunes.

Además emplean una técnica de probada eficacia en algunas estrategias de publicidad: presentar el producto como generador de alguna sensación agradable para el consumidor. Lo sustancial es asociar el producto a esa sensación; y esa sensación se utiliza como anzuelo para la venta. Meses atrás, una quesería se anunciaba con el siguiente eslogan: “en la elaboración de nuestros quesos no generamos dióxido de carbono”; sin concretar si era queso de vaca, oveja, cabra…, curado o fresco…; ahora bien, ¡no contribuía al calentamiento global! Aquí radica el quid de la cuestión: la maestría para formular eslogan, claim, titulares o frases pegadizas… que recojan y fustiguen las ambiciones personales y las sensibilidades sociales del momento. La posverdad también.

Los populismos de nuevo cuño empuñan la posverdad como instrumento eficaz para difundir su ideología. Enervan al máximo las emociones como material combustible para apagar las ideas o los hechos que contradicen sus postulados. Y avivan las emociones más ruines, aquellas que fustigan hacia la indignación: odio, rabia, envidia, sospechas, rencores, codicias, resentimientos… Precisan hostigar, culpabilizar, atacar a alguien para disfrazar la utopía de sus propuestas. A eso se le denominaba vileza, en el lenguaje clásico; ahora, posiblemente, se llamaría corrupción de la libertad personal. 
 
Ese tufillo ya es rancio, antiguo. Hace más de un siglo, Wenceslao Fernández Flores, en su “Novela número trece”, describía cómo aleccionaba a un primerizo un curtido agitador obrero: pon una copa de champán en el horizonte de un hombre que solo dispone de aguardiente y su corazón saltará más fuerte que el corcho de la botella.

Tal vez nos vendría bien otra “Tabarnia” que dirija la atención hacia el lado garboso del mundo emocional, la verdad, y los hechos reales. Viviríamos más sosegados, y apacibles.

   
José Benigno Freire
Las Provincias (Valencia). El Diario Montañes (Cantabria). Diario del AltoAragón (Huesca).