En realidad estos comentarios se formulan para cualquier
aplicación de mensajería instantánea, aunque aludiré a WhatsApp, sencillamente,
por ser uno de sus casi mil millones de usuarios activos. Analizaré, en
concreto, un hecho relativamente frecuente, demasiado frecuente: enviar o
recibir un mensaje de WhatsApp con una palabra incorrecta o ilegible. Un
segundo después, o medio segundo después, entra otro mensaje con esa palabra
bien escrita. Interpretación: quien envía el mensaje no lo ha leído, pero sí lo
leyó tras enviarlo. Pues, lógicamente, en caso contrario, lo hubiese corregido
antes; sin embargo, se dejó llevar por la presión de la inmediatez, actuó bajo
un automatismo irreflexivo y presionó a enviar sobre la marcha, casi sin
terminar de escribir… Se corresponde con una actitud en boga y en auge: recibir
un mensaje y contestarlo es todo uno.
Por eso no debe interpretarse como un simple error, un
desliz o un gazapo, no. Parece sugerir una ligera adicción, y también síntoma
de un leve estrés. Sin embargo, ahora, me interesa resaltar que su reiteración
suele suscitar, con el tiempo, una actitud de desidia hacia el trato social y
ante el trabajo. El proceso se inicia al deslizarse por este itinerario:
contestar con prisa, la prisa engendra atolondramiento y el atolondramiento es
mal consejero. De ahí que, de ordinario, la respuesta puede resultar
inoportuna, inconveniente, imprecisa o equívoca, además de mal escrita. Efecto
de la excesiva espontaneidad… Este mal proceder guarda una explicación psicológica:
Cualquier estímulo desencadena una emoción. Las emociones se
caracterizan por desorganizar la afectividad de manera intensa y brusca, y
mover a una reacción inmediata. Una reacción descompasada porque atiende más a
la intensidad de la emoción que a la objetividad del estímulo desencadenante.
Lo explicaré con un ejemplo chusco: un pisotón...; un simple pisotón nos incita
a una reacción súbita y acalorada, casi siempre exagerada para el daño causado,
de forma y manera que en la mayoría de las ocasiones debemos refrenar ese
primer impulso. Es muy común la experiencia de arrepentirse de alguna actuación
–valiosa o desacertada- tras responder en
caliente, como se suele decir. El lenguaje popular acostumbra a expresarlo
con una frase gráfica: me he pasado…
Días después las cosas se valoran de distinta manera.
Pues bien, cada mensaje enciende una emoción, más o menos
intensa, positiva o negativa. Si nos abandonamos a esa pulsión afectiva
seguramente reaccionaremos, al menos, de forma desproporcionada. Quizá con un
exabrupto o un elogio desmedido; tras unos minutos caemos en la cuenta de la
desproporción (al igual que con la palabra mal escrita), pero el desaguisado ya
navega por los océanos digitales. Es preciso rectificar o ajustar el mensaje,
originado por la impulsividad emotiva.
Para filtrar la tosquedad afectiva se precisa reflexionar
antes de actuar, pues la inteligencia modela y modula la reacción meramente
afectiva a sus cotas racionales; introduce mesura, objetividad y serenidad.
Pero la reflexión se toma su tiempo. Para ello se aconseja no reaccionar a
vuela pluma, sino analizar con calma el mensaje y sopesar la contestación; lo
cual requiere, además de cierto tiempo, dominar la rudeza de lo emocional, muy
ligada a lo fisiológico. En definitiva, los actos razonables del hombre
precisan un mínimo de atención y concentración en la tarea, y ajustar las
resonancias meramente emocionales. La prisa –insisto- es muy mala consejera.
Tal vez se me objete que estoy desorbitando la cuestión.
Parece, a primera vista, un salto ilógico pasar de un pequeño gesto al chatear
a la conclusión de desidia en el trato social y en el trabajo. Creo que no. Lo
ilustraré con otro ejemplo chusco: imagínense que calzan un zapato demasiado
ajustado al pie…: ¡poca cosa! Sin embargo, tras un largo paseo posiblemente
aparezcan ampollas, o el caminar empiece a resultar bastante molesto; y un leve
roce, en un pie comprimido, ocasiona un agudo dolor…
Traducido el ejemplo a nuestro asunto: es el poco a poco,
continuado, que se convierte en hábito. Lo peligroso es la reiteración, que
cristaliza en la actitud personal de conceder prioridad al hacer, en vez de al
buen hacer: no se repara en la delicadeza debida hacia quien nos dirigimos, ni
se aprecia el escribir con exactitud y corrección. Nos adentramos en el dañino
territorio de la chapuza, del da igual:
el caso es contestar… ¡ya!
Antaño, a las personas de trato difícil –porque reaccionaban
impulsivamente- o de ligereza en el trabajo –porque atendían a lo primero que
se les ocurría o apetecía- se les aplicaba una popular expresión: primero dispara y después apunta. Esas
personas eran consideradas preludio y síntoma de desastre, en el trabajo o en
la convivencia.
En síntesis, conviene no olvidar la primacía del buen hacer
sobre el mero hacer, incluso en lo menudo. Eso que tan bellamente expresó
Machado, don Manuel: Despacito y buena
letra, el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas.