Yo también fui joven, pero eso ocurrió hace ya algunos años.
El tiempo que medió entre la mocedad y las canas lo llené, profesionalmente, en
tareas y funciones educativas. He manejado, con gusto y soltura, términos y conceptos
al uso en la jerga psicológica y pedagógica: motivación, autoestima,
evaluación, aprendizaje significativo, estrategias, siete inteligencias,
objetivos trasversales, inteligencia emocional, tic´s… Incluso pequé de arrogante
y se los expliqué a los padres de alumnos, y a otros colegas.
Nada tengo en contra de tales modernidades pedagógicas, por
supuesto. Sin embargo, con la mesura de los años, uno adquiere serenidad y sosiego;
contempla la realidad desde ángulos insospechados e inadvertidos en el ajetreo
del quehacer cotidiano. De forma y manera que, en un día de especial lucidez,
se me iluminó un hecho conocido y comprobado; aunque sin digerirlo, a pesar de
mi larga experiencia. Los antiguos, a esos alumbramientos repentinos les
llamaban inspiración. Ahora está mal vista; ahora se prefiere una
investigación, o una encuesta.
Mi descubrimiento es sencillo y sustancioso, al menos eso pienso
yo; y de simple observación común. Lo diré…: los alumnos con calificaciones
excelentes suelen obtenerlas en todas las materias, con cualquier tipo de
profesor y con todos los sistemas de evaluación… Y, ¡paradójicamente!, también
sucede al revés: los alumnos muy poco aficionados al estudio acostumbran a
suspender bastantes asignaturas, con cualquier profesor o sistema de
evaluación…
Con esa iluminación intuí que el estudio, el esfuerzo
personal, tal vez represente un factor anterior y previo, y más sólido, en el
éxito escolar. Bien está ajustar la evaluación, adecuar los contenidos a sus
capacidades, enseñarle destrezas instrumentales, mantenerlos motivaditos… Pero,
¿y si estudiaran más, con mayor constancia?, ¿y si estudiaran incluso desmotivados?
Aun así, ¿mejorarían las calificaciones escolares?
Me pareció una
hipótesis sugestiva, que merecía la pena considerar. Es decir, sin menoscabo o
desdoro del ingente arsenal pedagógico y los actuales avances psicológicos, el
estudio, el esfuerzo personal, seguramente constituye un factor primordial, en
ocasiones determinante, del aprendizaje, especialmente del aprendizaje significativo;
hasta podría convertirse en un elemento fundamental para rentabilizar la
eficacia de las estrategias y las armas manejadas por los profesionales de la
enseñanza.
Ahora bien, una vez superada la turbación inicial que
acompaña a todo deslumbramiento, comenzó a sonarme a sonsonete conocido. En
efecto, multitud de docentes, con más entusiasmo que éxito, reclaman con
énfasis el esfuerzo de los alumnos como vector principal –¡aunque no
exclusivo!- del rendimiento escolar. Pero me temo que los padres no suelen
escuchar este consejo juicioso y se dejan embaucar por cantos de sirena que
rebajan o distraen la responsabilidad de sus hijos en las calificaciones
escolares. ¡Cuántos chivos expiatorios afloran en las mentes de los padres ante
el bajo rendimiento o fracaso escolar de sus hijos!
De todos modos no me desalenté con mi hipótesis, pues el
problema ya viene de antiguo, de muy antiguo. Fíjense: ¡Sócrates! Sócrates no
escribía en su muro de Facebook, ni apoyaba sus clases con PowerPoint, pero
tenía… ¡ideas! Sócrates afirmaba que los profesores debemos actuar a la manera
de las parteras. Las parteras ayudan a dar a luz a las señoras, pero el niño,
¡obviamente!, anida en el seno materno. Si la comadrona le entregara a la madre
un niño que no está en su seno, no asistiría a un parto, sino a un proceso de
adopción. Lo mismo sucede en el aprendizaje. El maestro puede y debe ayudar al
discípulo a comprender los conceptos o a asimilar los contenidos; sin embargo,
es preciso que la bombilla del
conocimiento (el aprendizaje) se encienda en la mente del alumno. Una ley
inexorable: hasta que el discípulo no interioriza los contenidos no se concibe el saber. Al alumno no se le
puede ahorrar el esfuerzo inherente a cualquier proceso de aprendizaje.
Aquí bien se merece un parón. He de recordar que saber no es
sinónimo de información, aunque el saber precisa información. Saber no es
rapidez al navegar en internet, ni recurrir al
rincón del vago, ni sucumbir al síndrome
Wikipedia, o componer ejercicios con la herramienta corta/pega, o un simple
aprobar (aun a costa del empleo de malas mañas); tampoco las respuestas de
simple memorieta. Por eso las calificaciones escolares no siempre garantizan el
saber, pero el saber sí garantiza buenas calificaciones escolares.
No los liaré ahora con el concepto de saber, o conocimiento.
Únicamente señalar que el saber precisa, inevitablemente, pensar; analizar,
reflexionar. Y pensar supone someter los pensamientos a las leyes de la lógica,
y manejar los datos y acontecimientos con el rigor de los protocolos
científicos; es decir, disciplina. Y a la disciplina siempre le acompaña el
esfuerzo. Así es…
Pienso que mi intuición se encamina bien. Esperaré a otro
día de lucidez para argumentarla con una investigación o una encuesta. En esa
espera, tal vez algún padre quiera fiarse de la experiencia y se ocupe
principalmente de atender al estudio de sus hijos…: ¡mal no les hará!
José Benigno Freire
Diario de Navarra 26/2/2016
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