Nunca jamás imaginé que a las chucherías les encajaría un
título tan rimbombante. Pero así es. Les cuento…
Walter Mischel, más de cincuenta años atrás, ideó un
experimento con un engorroso título académico: “El paradigma de la demora
autoimpuesta de la satisfacción inmediata en prescolares para la obtención de
recompensas diferidas pero más valoradas”. Mischel, en los espacios de la
psicología, se inscribe en la orientación cognitivista; lo cual significa:
experimentación pura y dura. Pues ahora reaparece en un libro, con cierta
novedad editorial, con un título más sugestivo: El test de la golosina. Título que, al parecer, convierte al
experimento en más atractivo y cercano.
A pesar de las décadas transcurridas es comentado, recordado
y divulgado en la literatura psicológica y pedagógica; y objeto de una numerosa
y vanguardista investigación, especialmente en la primera década de este siglo.
Además ha sido citado y encumbrado en La
inteligencia emocional, ese libro de lectura casi universal. Migró frecuentemente
en YouTube y todavía es visible en varias direcciones; hasta fue argumento de
un episodio de Barrio Sésamo… Y esa enorme notoriedad me tiene bastante
perplejo…
El experimento se practicó en el cuarto de las sorpresas de la Universidad de Stanford. Allí se le
ofrecía a un alumno de prescolar (cuatro o cinco años) un montón de chucherías
para que eligiera la más apetecible. Una vez elegida, el investigador le
indicaba que podía comérsela pero, como tenía que ausentarse unos minutos, si
esperaba a que él regresara le daría dos golosinas en vez de una. Abandonaba la
sala y observaba al niño a través de un cristal semitransparente. Las
reacciones eran de lo más pintorescas y divertidas: unos la comían glotonamente
sobre la marcha; otros sucumbían poco después; otros la miraban y la
pellizcaban discretamente, y al rato pellizcaban de nuevo; otros la retiraban
de su vista, para no desfallecer; otros la escondían; y alguno hasta le
hablaban… El grupo que esperó al regreso del investigador recibió las dos
golosinas prometidas; estos, sin presión ya, se las comían ávidamente.
Los investigadores medían el tiempo de espera de cada
alumno, y esa puntuación se calificaba como la capacidad de demora de la
gratificación. Y la capacidad de demora era un indicador muy preciso del
autocontrol personal.
El experimento no finalizó ahí. Cuando aquellos prescolares
alcanzaron la adolescencia se compararon datos y parámetros psicológicos con
los resultados en el test de la golosina
(estudios longitudinales). El grupo que esperó al investigador, que demoró la
gratificación, consiguió una media más alta en el Scholastic Assessment Test
(SAT), prueba de aptitud académica para solicitar la admisión en una
universidad de Estados Unidos; presentaban mayor resistencia al estrés y
comportamientos más maduros. Se repitió la comparación al inicio de la madurez
(entre 27 y 32 años) y, nuevamente, el grupo capaz de demorar la gratificación
obtuvo superior puntuación en una escala de percepción de la propia valía;
mayores fortalezas frente al estrés, los desengaños y las frustraciones;
estabilidad emocional y perseverancia para lograr metas a largo plazo.
Mischel interpreta estos resultados como la consecuencia
lógica de un mayor autocontrol. Para hacer comprensible la noción de autocontrol
recurre a la expresión tradicional de la fuerza
de voluntad; otros autores lo equiparan a la firmeza o formación del
carácter. Y Goleman, en La inteligencia
emocional, apostilla: “la capacidad de demorar la gratificación y de
controlar y canalizar los impulsos constituye otra habilidad emocional
fundamental a la que antiguamente se llamó voluntad”. Conviene añadir una de
las conclusiones que Michel destaca en su trabajo: “La capacidad de autocontrol
es esencial para alcanzar nuestras metas”. Con todo lo anterior cualquiera
puede intuir una idea clara y cabal de por donde van los tiros…
Y aquí nace mi perplejidad… Cómo, dada la popularidad y
aceptación de estas investigaciones, aún continúan empecinados, padres y
educadores, en concederle prioridad a la motivación del niño (en su
significación vulgar), en que no se frustre nadita, en hacer suflé con su
autoestima, en alabarlo por cualquier cosilla, en gratificarlo inmediatamente
por lo más menudo… En definitiva, una investigación tremendamente conocida y
verificada, pero poco utilizada; una pena…
Terminaré con dos observaciones. La primera del propio
Mischel: “Las correlaciones que son elocuentes, coherentes y estadísticamente
significativas, permiten la generalización en una gran población, pero no necesariamente
sirven para hacer predicciones sobre un individuo”. Es decir, el autocontrol no
representa un elemento prefijado en la personalidad, es modificable y
moldeable. Con mayor precisión: el autocontrol se puede conquistar y educar;
incluso autogestionar.
Lo otra reflexión, obvia. Si el autocontrol es educable y
moldeable, un niño sin autocontrol no es un niño desmotivado, sin integrar en
el grupo, con baja autoestima, o hiperactivo. No. Lo contrario a un niño sin
autocontrol es un niño caprichoso, flojucho, rudo, malcriado…
¡Menos mal que las investigaciones confirman que el
autocontrol es modificable y educable! Aunque el test de la golosina sugiere que es mejor comenzar desde
chiquitines…
JOSÉ BENIGNO FREIRE
FACULTAD DE EDUCACIÓN Y PSICOLOGÍA
UNIVERSIDAD DE NAVARRA
DIARIO DE NAVARRA 7/1/2016
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