lunes, 14 de diciembre de 2015

El síndrome de la soledad global



Me declaro un apasionado entusiasta de las nuevas tecnologías. Sin embargo, me referiré a un posible desequilibrio psíquico provocado por el uso excesivo o desmedido de Internet. Es un trastorno que aventuro a predecir abarrotará las consultas de psicólogos y psiquiatras en los próximos años, aunque mis dotes de profeta están aún por demostrar. Lo he bautizado como el síndrome de la soledad global, y en él se distinguen dos niveles diferenciados.
El primer nivel afecta a los aspectos periféricos de la personalidad, y se desarrolla según el patrón de las adicciones. Aparecerá en personas obsesionadas, enganchadas, fanáticas por jugar, navegar o chatear. Capaces de charlar con cualquiera en los espacios virtuales, pero hoscas o reacias a relacionarse con su mujer, marido, padres, hijos...
Se manifiesta en síntomas aparentemente menudos: interrumpir una conversación, con descortesía, para contestar un whatsApp; mantener encendidas las alarmas a toda hora y en cualquier lugar; la obsesión apremiante para responder un mensaje; preferir la soledad conectada a un encuentro familiar, social… (y mil detalles similares). Se conectan progresivamente al mundo virtual y se desconectan del mundo real. Es como si se evaporaran de lo real… Lo cual provoca que nos asilvestremos (mala educación) en el necesario contacto social para el existir humano. ¡Y nos estamos acostumbrando! La cuestión cobra especial relevancia, y requiere unas medidas pertinentes, si el sujeto permanece demasiado tiempo en ese otro mundo y descuida sus obligaciones o reduce las horas de sueño.   
El segundo nivel penetra ya en las entretelas de la intimidad. No es tanto la cantidad de tiempo cuanto el calado de los resortes internos que intervienen. Por eso puede desembocar con facilidad en un problema personal grave, incluso rozar la anormalidad o la patología. Su grupo de riesgo lo conforman aquellas personas demasiado aficionadas a chatear con gentes desconocidas. Intentaré explicarlo:
Nos conviene un rodeo previo para mejor encarar el tema. Desde siempre la oscuridad y el disfraz fue el escenario preferido por la picaresca y la golfería, porque el anonimato minimiza la responsabilidad personal. Pues bien… el universo virtual abre un hueco inmenso hacia lo desconocido.
Chatear con desconocidos conlleva el posible riesgo de hablar con un disfraz. Un disfraz que, en teoría, podría encubrir una personalidad desequilibrada, mentirosa, embaucadora... o, sencillamente, alguien llano y normal. En cualquier caso, ese personaje tiene la oportunidad de aprovechar la conversación como máscara o camuflaje. Y en un diálogo así, a tientas, corremos el riesgo cierto de caer en las garras del engaño o la falsedad, del fingimiento o del embrollo, o de las intenciones tórridas y torcidas. Representa un riesgo que no hay que exagerar, pero tampoco minimizar.
Pero también el propio sujeto que chatea se coloca en una cómoda posición para deslizarse por el plano inclinado de lo simulado o fingido. Qué sencillo resulta, bajo la impunidad del anonimato, escribir una frase bonachona o un galanteo; presentarse con una personalidad más cercana a nuestro “yo ideal” que a nuestro “yo real”; desfigurar levemente la biografía; convertir una aspiración en un logro, o en éxito un fracaso, etc. Resulta tan fácil que hasta se escapan sin propósito o intención de engañar.
Sin embargo, mantenemos una comunicación aparentemente sincera entre dos personas previsiblemente distorsionadas o fingidas: gravísimo error. Una aventura tal se nos puede ir de las manos… Advierto, con seriedad y rotundidad, que psicológicamente resulta tremendamente peligroso jugar a ser otro, aun si solo se persigue un ingenuo divertimento. Y todavía peor si nos mueve el intento de presentarnos según nuestras fantasías, o novelar la genuina realidad, o deslizarse por paisajes vitales ideales, o pretender llamar la atención o buscar un consuelo. Eso afectaría al núcleo mismo de nuestra personalidad. Y la cuestión se complica exageradamente si esa persona atraviesa una situación de carencia afectiva, o tristeza. Es como juguetear con fuego en el polvorín del psiquismo. A nada conduce el presentarse desde la imaginación, sentirse arropado por alguien desconocido, halagado por una persona que en el cara a cara quizá variaría de opinión, contarle las dificultades a un extraño lejano en vez de solventarlas, huir al refugio de lo indefinido en vez de desahogarse con las personas cercanas… Evadirse de la realidad siempre causa secuelas en el psiquismo.
Hemos de finalizar con una moraleja que enfatiza lo obvio: la comunicación personal demanda un sincero conocimiento persona a persona. Todo lo demás es, al menos, una fuente de incertidumbres. ¿Acaso no nos pueden engañar también en la comunicación directa? No sólo pueden sino que, en ocasiones, nos engañan. Sin embargo, uno tiene más recursos y otras mañas. Y en cualquier caso, ante el desengaño se termina siempre con el corazón malherido y una bruma de desesperanza en el alma...

 

 

José Benigno Freire

Facultad de Educación y Psicología
Universidad de Navarra.


El Síndrome de Sissí



¿Conocen el Síndrome de Sissí? Es un síndrome muy al estilo de nuestro tiempo. Les cuento… Este síndrome consiste en que personas depresivas encubren su abatimiento vital con un comportamiento activo y positivo frente a la vida. Es decir, los depresivos se disfrazan de felices. En Alemania, dicen, este síndrome lo padecen unos tres millones de personas. ¡Ya son depresivos... que parecen felices! Pero la cosa no termina ahí... Otro genio de lo psicológico ha descrito la Depresión del Paraíso. Esta es más sofisticada y selectiva: la sufren los acomodados jubilados europeos de climas tristones cuando arriban a la agradable temperatura de Baleares o Canarias. Desacostumbrados a ese ánimo eufórico propiciado por un cielo claro y despejado, y el calorcillo, se inflan de felicidad y esa misma felicidad les anega los mecanismos psicológicos. Pues incapaces de disfrutar con tanta felicidad, así, de golpe…: ¡se deprimen! En este caso los felices se disfrazan de depresivos. La cosa tiene su guasa...
Pero aún hay más. Hoy trasladamos tranquilamente al médico o al psicólogo los menudos e inevitables roces del acontecer ordinario, y nos quedamos tan panchos. Fíjense… Si los fines de semana nos resultan aburridos no se debe a nuestra posible sosera, no…: sencillamente sufrimos un Síndrome de Incapacidad Patológica a la Ociosidad. Y a la inversa, si disfrutamos en las fiestas, tampoco es por nuestro temperamento jovial: padecemos un Trastorno de Alegría Generalizado.
¿Qué el niño le ha salido desobediente, caprichoso o malcriado? No se culpabilice por educarlo mal, ¡que va!, su hijo experimenta un Comportamiento Oposicional Desafiante, o es hiperactivo. ¿Qué sus hijos no le hacen ni caso? ¡Tranquilo! ¡Mantenga incólume la autoestima! Sencillamente ha sido víctima del Síndrome del Tigre Enjaulado (Klaus Wahle): la incapacidad, casi patológica, para tomar decisiones por la presión de la inmensa responsabilidad de educar a los hijos.
¿Urgen las vacaciones porque el estrés amenaza…? Pues, ¡joróbese!, al principio no disfrutará por culpa del Síndrome de la Hamaca. ¿Y cuando se acostumbre a la placidez de la hamaca? Pues la vuelta acecha y con ella la depresión posvacacional. ¡Qué jaleo! Entre síndrome y síndrome volaron las vacaciones…
La cuestión, pienso yo, es mucho más sencilla. Consiste en aplicar a la vida unos gramos de sentido común. Llanamente: las cosas cuestan y cansan. Si se trabaja intensamente, se acaba rendido; la responsabilidad, agobia; y la tensión (familiar o profesional) estresa… ¡Lógico! Y como el psiquismo humano no es de chicle o plastilina, pues precisa tiempo y empeño para adaptarse o readaptarse a las situaciones. Exactamente igual que los deportistas: tras los primeros entrenamientos sufren... ¡agujetas!; y cuando acumulan partidos se agotan. Resulta absolutamente normal que después de unas semanas de holganza cueste retomar el ritmo de la vida ordinaria; que el trabajo, canse; que la responsabilidad agobie y estrese.
El problema es otro: la sociedad del bienestar nos embaucó con la promesa del disfrute y la comodidad a tope. Y, por ello, llevamos bastante mal eso de soportar la menor cosilla costosa o desagradable. Y aquí se esconde el quid de la cuestión: esa adaptación o readaptación de los mecanismos psicológicos conlleva inevitablemente un ligero malestar o fastidio, que debemos soportar, al menos, estoicamente.
Para intentar paliar las molestias inherentes al vivir nos hemos inventado un truquillo ingenioso: medicalizarlas o psicologizarlas. Es decir, buscar un fármaco que apacigüe los síntomas indeseables, o encontrar alguna razón que nos libere de la responsabilidad personal. Quizá me explique mejor con un ejemplo:
Siempre existieron temperamentos tímidos. Aunque ahora los etiquetamos como fobia social. ¡Así queda más estético! Por supuesto, con los fármacos adecuados consigues químicamente que un tímido modifique su comportamiento. ¿Y cuando no tenga el fármaco a mano…?
Ese proceder, en rústico, ya se usaba mucho tiempo atrás. Por ejemplo, en mis años juveniles, los menos dotados para el galanteo, por la timidez, se bebían un copazo de licor fuerte para atreverse a cortejar a la moza de sus sueños. Y así una y otra vez. Ahora bien, si la mozuela se resistía, se enganchaban al alcohol mucho antes de sacudirse la timidez…
¿Y si realmente una persona sufre una fobia social? Pues para eso están los especialistas. Pero sin confundir: una cosa es una fobia social y otra muy distinta una timidez temperamental. En condiciones de normalidad, la timidez de temperamento se vence con esfuerzo personal: ponerse colorado mil veces, sudar, disimular el tembleque de la voz, asistir –sin ganas- a actos sociales, saludar (aunque el cuerpo pida huir)… Y así es le camino normal para resolver la mayoría de nuestras dificultades existenciales:
¿Qué a la vuelta de vacaciones estamos desganados? Pues a trabajar... desganados. ¿Desmotivados? ¡Pues desmotivados!, tal vez nos anime bastante pensar en la próxima nómina… ¿Qué los niños dan la lata? ¡Claro! A educarlos… ¿Qué hay problemas? A solucionarlos…
En definitiva, los enfermos, al médico o al psicólogo. Y el resto, por favor, no nos engañemos con una pastillita o con un mimo psicológico, y disfrutemos también del menudo coraje para solventar las contrariedades inevitables del ajetreo diario. Para ello basta con sustituir las píldoras, o los melindres psicológicos, por unos granos más de sentido común y alguna chispa de sentido del humor.

José Benigno Freire.
Facultad de Educación y Psicología.
Universidad de Navarra.

Psicopedagogìa de las chucherías.



Nunca jamás imaginé que a las chucherías les encajaría un título tan rimbombante. Pero así es. Les cuento…
Walter Mischel, más de cincuenta años atrás, ideó un experimento con un engorroso título académico: “El paradigma de la demora autoimpuesta de la satisfacción inmediata en prescolares para la obtención de recompensas diferidas pero más valoradas”. Mischel, en los espacios de la psicología, se inscribe en la orientación cognitivista; lo cual significa: experimentación pura y dura. Pues ahora reaparece en un libro, con cierta novedad editorial, con un título más sugestivo: El test de la golosina. Título que, al parecer, convierte al experimento en más atractivo y cercano.
A pesar de las décadas transcurridas es comentado, recordado y divulgado en la literatura psicológica y pedagógica; y objeto de una numerosa y vanguardista investigación, especialmente en la primera década de este siglo. Además ha sido citado y encumbrado en La inteligencia emocional, ese libro de lectura casi universal. Migró frecuentemente en YouTube y todavía es visible en varias direcciones; hasta fue argumento de un episodio de Barrio Sésamo… Y esa enorme notoriedad me tiene bastante perplejo…
El experimento se practicó en el cuarto de las sorpresas de la Universidad de Stanford. Allí se le ofrecía a un alumno de prescolar (cuatro o cinco años) un montón de chucherías para que eligiera la más apetecible. Una vez elegida, el investigador le indicaba que podía comérsela pero, como tenía que ausentarse unos minutos, si esperaba a que él regresara le daría dos golosinas en vez de una. Abandonaba la sala y observaba al niño a través de un cristal semitransparente. Las reacciones eran de lo más pintorescas y divertidas: unos la comían glotonamente sobre la marcha; otros sucumbían poco después; otros la miraban y la pellizcaban discretamente, y al rato pellizcaban de nuevo; otros la retiraban de su vista, para no desfallecer; otros la escondían; y alguno hasta le hablaban… El grupo que esperó al regreso del investigador recibió las dos golosinas prometidas; estos, sin presión ya, se las comían ávidamente.
Los investigadores medían el tiempo de espera de cada alumno, y esa puntuación se calificaba como la capacidad de demora de la gratificación. Y la capacidad de demora era un indicador muy preciso del autocontrol personal.
El experimento no finalizó ahí. Cuando aquellos prescolares alcanzaron la adolescencia se compararon datos y parámetros psicológicos con los resultados en el test de la golosina (estudios longitudinales). El grupo que esperó al investigador, que demoró la gratificación, consiguió una media más alta en el Scholastic Assessment Test (SAT), prueba de aptitud académica para solicitar la admisión en una universidad de Estados Unidos; presentaban mayor resistencia al estrés y comportamientos más maduros. Se repitió la comparación al inicio de la madurez (entre 27 y 32 años) y, nuevamente, el grupo capaz de demorar la gratificación obtuvo superior puntuación en una escala de percepción de la propia valía; mayores fortalezas frente al estrés, los desengaños y las frustraciones; estabilidad emocional y perseverancia para lograr metas a largo plazo.
Mischel interpreta estos resultados como la consecuencia lógica de un mayor autocontrol. Para hacer comprensible la noción de autocontrol recurre a la expresión tradicional de la fuerza de voluntad; otros autores lo equiparan a la firmeza o formación del carácter. Y Goleman, en La inteligencia emocional, apostilla: “la capacidad de demorar la gratificación y de controlar y canalizar los impulsos constituye otra habilidad emocional fundamental a la que antiguamente se llamó voluntad”. Conviene añadir una de las conclusiones que Michel destaca en su trabajo: “La capacidad de autocontrol es esencial para alcanzar nuestras metas”. Con todo lo anterior cualquiera puede intuir una idea clara y cabal de por donde van los tiros…
Y aquí nace mi perplejidad… Cómo, dada la popularidad y aceptación de estas investigaciones, aún continúan empecinados, padres y educadores, en concederle prioridad a la motivación del niño (en su significación vulgar), en que no se frustre nadita, en hacer suflé con su autoestima, en alabarlo por cualquier cosilla, en gratificarlo inmediatamente por lo más menudo… En definitiva, una investigación tremendamente conocida y verificada, pero poco utilizada; una pena…
Terminaré con dos observaciones. La primera del propio Mischel: “Las correlaciones que son elocuentes, coherentes y estadísticamente significativas, permiten la generalización en una gran población, pero no necesariamente sirven para hacer predicciones sobre un individuo”. Es decir, el autocontrol no representa un elemento prefijado en la personalidad, es modificable y moldeable. Con mayor precisión: el autocontrol se puede conquistar y educar; incluso autogestionar.
Lo otra reflexión, obvia. Si el autocontrol es educable y moldeable, un niño sin autocontrol no es un niño desmotivado, sin integrar en el grupo, con baja autoestima, o hiperactivo. No. Lo contrario a un niño sin autocontrol es un niño caprichoso, flojucho, rudo, malcriado…
¡Menos mal que las investigaciones confirman que el autocontrol es modificable y educable! Aunque el test de la golosina sugiere que es mejor comenzar desde chiquitines…


JOSÉ BENIGNO FREIRE
FACULTAD DE EDUCACIÓN Y PSICOLOGÍA
UNIVERSIDAD DE NAVARRA
DIARIO DE NAVARRA 7/1/2016