miércoles, 6 de octubre de 2021

UNA SEÑORA DE LUGO

Aunque pudo suceder en cualquier lugar, les contaré la historia de Manueliña (nombre supuesto), de 85 años. Vivía en una residencia de Lugo y se contagió de covid, junto a otros diez. Los trasladaron a otra residencia mejor equipada, en Orense. A los dos o tres días falleció… Avisaron a su familia y celebraron, en Lugo, un tristísimo entierro, con el féretro sellado, siguiendo estrictamente los protocolos de la pandemia.

Pues bien… diez días después apareció Manueliña en la residencia de Lugo, vivita y coleando, en perfectas condiciones y curada del coronavirus… Indescriptible el pasmo y la alegría de sus allegados, especialmente del desconsolado marido.

Cometieron un error de identificación en el traslado. Un injustificable error, aunque disculpable porque Manueliña tenía mermadas las capacidades mentales y, posiblemente, atendiera a cualquier nombre.

Atónito, me pregunté: ¿qué pasó con los familiares de la mujer que sí murió? ¿Sin noticias tantos días? ¿O quizás, por la confusión de nombres, recibían informes de otra enferma? ¿O no se comunicaron? ¿O, simplemente, esperaban noticias…? En cualquier caso, otra mujer que partió muy ligera de afectos… ¡hasta sin nombre!

Este suceso aviva una torrentera de recuerdos de las desventuras sufridas por los ancianos en los últimos largos meses: falta de recursos asistenciales, carencia de apoyo médico en las residencias, el sufrimiento y el (necesario) aislamiento, camas por los pasillos, el espectáculo de la morgue y los hospitales de campaña, la soledad…Y aquella orden que nunca jamás debió dictarse: no acercar a los hospitales a los mayores de…

¡Pobres generaciones!: desde los sesenta y cinco hasta los noventa y pico años; es decir, los nacidos sobre la década de los treinta hasta el atardecer de los cuarenta e inicio de los cincuenta. La mayoría se criaron con el hambre de la guerra, o con la cartilla de racionamiento. Y levantaron un país en escombros hasta casi asentar la sociedad del bienestar. Lo lograron con interminables jornadas de trabajo, con sueldos miserables, sin medios, sin vacaciones ni descansos, quizá emigrando para asentar un patrimonio familiar; y una gran capacidad de ahorro al reducir al mínimo los gastos. Una vida austera, o con penurias, soportada por la ilusión de mejorar el porvenir de sus hijos. Y fueron ellos, también, a finales de los setenta, los que se comieron sus lágrimas o sus rabias para despejar el horizonte de la convivencia social.

Y cuando la vida les regalaba un merecido sosiego el covid se lo truncó. Por supuesto, se intentó atenderlos en las mejores condiciones, aunque tal vez se pudo hacer algo más… Los profesionales y familiares derrocharon dedicación y cariño. Los “mandos” priorizaron su vacunación; aunque algún desencantado se maliciase que quizá escondía algo de táctica para aligerar ingresos hospitalarios y plazas de UCI. Puede…, pues al mismo tiempo que recibieron cuidados heroicos y homenajes sentidos, escucharon aquello de…: no es lo mismo que muera una persona de noventa que una de veinte. Los muertos no lo oyeron; los vivos, sí…

Y los vivos –con las excepciones de rigor-, escépticos o impotentes, continuaron regalando destellos de ternura, ganas de vivir. Fue radiante su alegría al rencontrarse con sus hijos, y nietos; el regocijo de los primeros paseos; el agradecimiento a sus cuidadores; el estoicismo ante las penurias pasadas… Y aquella imagen del matrimonio de viejecillos enfermos que enlazaban las manos cada uno desde su cama. ¡Qué enternecedor, y envidiable, ver a dos ancianos que se quieren en el otoño de la vida!

Estos abuelos, los vivos, bien merecen un agradecimiento profundo: le debemos mucho a esas generaciones. Rebosemos con ternura y piedad lo que le niegan aquellos que legislan con la mira puesta en los votos y el postureo. En primer lugar, prodigándoles los cuidados y atenciones precisas hasta exprimir la última gota de vida: ¡hemos comprobado la fuerza, el ansia, con que se aferran a ella!

Y, después, sin sentimentalismos, verbalizarle la gratitud. Recordarles su ayuda en aquel agobio o algún momento entrañable de la infancia, acompañado de un abrazo pospandémico. O cualquier cosilla menuda que apunte al corazón y desencadene una plácida cascada de emociones, porque en la vejez las emociones o se agrían o se adormecen. Si no se agrían, esconden una lágrima que compendia y saborea todos los aprietos y alegrías de una vida. Esas lágrimas, que asoman del cariño,  gritan: ¡mereció la pena vivir!

Tal vez a algún amable lector estas líneas le huelan a mermelada afectiva. Tal vez… O, tal vez, manifieste la carencia afectiva de no haber sentido la hondura de querer por el simple querer, sin utilidades. Eso que tan bellamente expresó Pedro Salinas: “¡Qué alegría vivir sintiéndose vivido! Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, de que otros ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo”.

 DIARIO DE NAVARRA. DIARIO MONTAÑÉS. DIARIO DEL ALTOARAGÓN.

 

martes, 16 de febrero de 2021

La mascarilla nos robó la sonrisa

 

En los últimos meses vivimos con la actividad constreñida, también los deseos, los proyectos, los sueños..., como enjaulados psíquicamente. Esa situación alimenta la tan nombrada “fatiga pandémica”, cuyos ingredientes principales son: cansancio, incertidumbre, miedo, tristeza. Este cóctel comprime la personalidad y abate el ánimo, lo cual se exterioriza en un comportamiento teñido de apatía y un carácter más irritable y quisquilloso de lo habitual.

Me sirvo de un ejemplo para intentar explicar, de forma sencilla, las consecuencias de ese encorsetamiento psicológico: supongamos que una persona sale a pasear con unos zapatos dos números menor al que usa. Los efectos resultan fácilmente imaginables: regresa con los pies doloridos, hinchados, maltrechos; sumamente sensibles, reaccionará destemplada y desproporcionadamente al más leve roce; quizá con rozaduras o ampollas; con ansia de liberarse de las apreturas y lanzar impulsivamente los zapatos por los aires.

Apliquemos el lenguaje del ejemplo al psiquismo contraído. En primer lugar, se siente una necesidad casi física de liberar la tensión condensada y expandir las emociones [liberarse de los zapatos]. Proclives a las explosiones de ira, que también liberan carga emocional [lanzar los zapatos al aire]. Aumenta la susceptibilidad y la irritabilidad: molesta la menor contrariedad [sensibles a un leve roce]. Con una continuada sensación de malestar [pies doloridos] que aviva el mal humor, y la tosquedad en las formas. Incluso pueden aparecer leves heridas psíquicas [rozaduras]: ansiedad, insomnio, atonía, pesadillas, rigideces en la conducta...

Seguramente nos encontramos en ese estado de cansancio agarrotado, y también las personas de nuestro entorno familiar, laboral, social. En consecuencia, es del todo natural que, como se suele decir, “salten chispas” por menudencias o trivialidades; que aumenten los desplantes, las contestaciones ariscas, las respuestas desabridas, las quejas, los refunfuños, las indelicadezas… También que terminen con cierto acaloro las conversaciones o comentarios sobre la actualidad, prontos hoy al apasionamiento o a las opiniones encontradas. Es decir, los inevitables roces del ajetreo diario se vuelven agrios y enconados, más por la presión interior que por el incidente en sí. Insisto, me refiero a las menudencias del vivir, no a conflictos de alguna envergadura, de origen profundo, y que esta situación excepcional únicamente desencadena o agrava. Lo peor es el aumento, la frecuencia, la suma. Actúan como esas gotas que rebosan el vaso. Si a la apatía y a la fatiga añadimos el amargor de estas pequeñas refriegas, la tonalidad emocional se vuelve pegajosa, cansina.

Para amortiguar esa sensación mortecina entra en juego la amabilidad, cuya finalidad es parar el golpe al primer envite. Ante cualquier situación incómoda o descortés responder sin entrar al trapo, frenando el exabrupto de raíz o desviando la atención. Vale un sencillo “perdón”, “no me di cuenta”, “lo siento”, “ahora lo traigo”, “disculpa”… Si frente a un envite brusco respondemos con amabilidad, rebajamos la tensión y la situación o conversación no se enrarece, al contrario, se pacifica. El otro queda confuso, como desarmado, pues suponía una contestación al mismo nivel. La amabilidad actúa como el calor que derrite el hielo. Cultivar la amabilidad es, en definitiva, dominar el arte de aquietar y apaciguar el ambiente con una palabra cordial, un comentario agradable, una salida divertida o una broma ocurrente y oportuna. Conseguir un roce menos, y después otro, y otro…

Hoy la amabilidad ofrece un recurso tremendamente oportuno y eficacísimo: el silencio, saber escuchar. La fatiga pandémica abate, descorazona a muchas personas; personas que, o desahogan, o explotarán como un geiser: la amabilidad les presta un auxilio escuchando con atención y empatía. Y también con el silencio en esas conversaciones, tan comunes en estos tiempos, que parecen un concurso de noticias calamitosas: ahí gustar la amabilidad de no echar más leña al fuego, callar. Y procurar finalizarlas con un comentario esperanzador.     

Con la amabilidad convive el malentendido de considerarla una dotación de cuna, una modalidad del temperamento. Algo de ello hay. Pero, en realidad, es una conquista: limar tenazmente las aristas del carácter. Tarea que requiere dosis abundantes de autocontrol, y unos gramos de sentido del humor.

Nunca es fácil ser amable, menos en épocas de turbulencia, y sin contar con la herramienta más genuina y expresiva de la amabilidad: ¡la sonrisa! ¡La mascarilla nos robó la sonrisa! “La sonrisa es contagiosa, pandémica, por muy gris que sea el día” (Jesús Montiel). Habrá que aprender a sonreír con la mirada. Y suplir con un cálido tono de voz y el gesto apacible, satélites de la palabra amable.

Aún restan meses de incertidumbre esperanzada. La amabilidad puede evitar numerosos roces desagradables que aligerarían el espesor de la fatiga apática. Conviene entrenarse para ganar en amabilidad. Y, ¡ojalá!, esos esfuerzos consoliden una amabilidad que venga para quedarse. Supondría una inmensa ganancia, pues un ambiente cuajado de amabilidad apacigua y refresca las relaciones personales y dulcifica los días grises.