Revela que los “índice” emplean las tecnologías
exclusivamente a nivel de usuario; en ocasiones, torpemente. Conocen la manera
de hacer, pero ignoran lo qué hacen; por eso a la menor complicación o problema
se quedan sin recursos, bloqueados, desconcertados. Atravesamos una situación
similar, años atrás, con el cambio de la peseta al euro. Ya nos movemos con
soltura en el manejo de las monedas y los billetes; sin embargo, algunas
personas, aún hoy, precisan trasvasar el precio a pesetas para hacerse cierta
idea del valor de las cosas. ¡Cuentan en euros, pero no piensan en euros, no
saben operar con euros!
Algo parecido sucede con el nivel de usuario. Se aprovechan
de las incontables ventajas de la tecnología para desempeñarse en el día a día,
pero desconocen, o malogran, su utilidad sustancial: la operatividad y
flexibilidad que brindan al pensamiento para aventurar una civilización
prodigiosa… Intentaré explicarme algo mejor:
Generalmente, las proposiciones originales del pensamiento, para
plasmarlas en la práctica, precisan recursos instrumentales aun por descubrir. Así
lo argumentaba Einstein. “El mundo que hemos fabricado como resultado del nivel
de pensamiento que hemos utilizado hasta ahora crea problemas que no podemos
solucionar con el mismo nivel de pensamiento en el que lo creamos”. Y aquí
radica la aportación esencial de la tecnología moderna: facilitar herramientas inesperadas
y sorprendentes para proyectar un progreso voraz e insaciable… ¡Fascinante! Se
necesitan habilidades y modelos innovadores para que el pensamiento despliegue
su ilimitado potencial, pues al actuar con los viejos esquemas se frenan o
anulan las nuevas soluciones transformadoras ante los retos desconocidos del
vertiginoso avance científico y técnico. Una tecnología en ebullición que nos
deja abobados…: es tal la aceleración del progreso que (casi) agotan nuestra
capacidad de asombro. En Leonardo da Vinci encontramos un ejemplo paradigmático
de lo que intento expresar: sus geniales intuiciones, sus bocetos magistrales,
no se pudieron ejecutar por falta de recursos técnicos…
Dicho lo cual, los “índice” (¡no todos!) deberían dar un
paso al lado para no entorpecer o enlentecer los nichos profesionales con mayor
esperanza de innovación. Pero eso no justificaría que las generaciones jóvenes
los miraran con un cierto desdén. Al contrario, se merecen un respetuoso
agradecimiento: la creatividad y el trabajo de sus padres y abuelos sentó las
sólidas bases para el prodigioso mundo que disfrutan… ¡Mucho se le debe!
Refresco algunos datos. La primera computadora programable
fue diseñada por Konrad Zuse (1936/1941). Desde 1947 hasta 1951 se conocieron
distintas paternidades del transistor, el chip en 1958: indispensables para la
reducción de costes y tamaños. El manejo fácil y agradable con interfaz gráfica
salió al mercado en 1973 (Xerox) y se popularizó a partir de 1983 (Apple). Internet
se inició tímidamente en los cincuenta, sin alcanzar notoriedad hasta los
noventa. ¿Y los grandes “gurús” de este tinglado?: Bill Gates, 1955; Paul
Allen, 1963; Steve Jobs, 1955; Stephen Wozniak, 1950… ¡No nacieron en el tiempo
de los “nativos digitales”! La “generación índice” inició un desarrollo que ni
ellos mismos fueron capaces de imaginar…
Y, además, resultó una tarea fatigosa. Levantaron los
pilares para asentar una sociedad del bienestar desde los escombros de la
Segunda Guerra Mundial: con jornadas laborales interminables, escasamente
retribuidas, emigrando, casi sin derechos y vacaciones… y gran capacidad de
ahorro al reducir al mínimo los gastos. Bastante penuria, y alto sentido de
adaptación a lo real. ¿Cómo soportaron esa dura situación? ¡Con ilusión! La
ilusión de reconstruir un país, forjar un patrimonio familiar y,
principalmente, el empeño por dejarle a sus hijos un mundo mejor… Soñar algo o
a alguien enciende las potencialidades adormecidas en el zona de confort del
propio yo.
Aunque ese mismo entusiasmo les llevo a cometer un comprensible
error pedagógico: priorizar en la educación el que sus hijos disfrutaran del
bienestar que a ellos les faltó. Así se centraron demasiado en lo material, y descuidaron
trasmitirle aquello que realmente les llenó y colmó la existencia: vivir para y
con una ilusión. ¡Aun están a tiempo de subsanar ese error!: entusiasmando a
sus hijos y a sus nietos, con ternura y risueña nostalgia, para buscar esos valores
que satisfacen más hondamente que las (legítimas) comodidades de la calidad de
vida.
En conclusión, para la “generación índice” bueno es
apartarse, ¡pero no irse!, según el decir de un conocidísimo gallego…
José Benigno Freire
Las Provincias (Comunidad Valenciana).