La posverdad parece presentarse como el logotipo de cierta
comunicación, propaganda y politiqueo actual. Se vuelve atractiva, y pegadiza,
porque el relativismo le proporcionó el humus
propicio, le abonó el terreno. El relativismo se caracteriza por rechazar la
verdad objetiva, y sustituirla por meras apetencias afectivas; es decir, el
comportamiento del hombre ya no se rige por la verdad, el deber, el
compromiso…, ahora se guía según mi
opinión, mis deseos, mis intereses, mis ambiciones… Ese “yoismo” cubre los comportamientos con un
barniz emocional (subjetivo), y ese subjetivismo se convierte en la pecera
ideal para que naden tan ricamente los pececillos de la posverdad. Y es que la
posverdad siempre se suministra en piezas menudas…
La posverdad apela derechamente al mundo emocional, y
prescinde de cualquier referencia a la verdad, a los sucesos o hechos reales.
Recurre tanto a las emociones como a todos los satélites que las despiertan y
encienden: sentimientos, opiniones, prejuicios, recelos, estereotipos,
suspicacias, ambiciones, ansias, sueños… Y, además, las agita y las azuza hasta
convertirlas en inicio y motor del comportamiento de los sujetos o de los
grupos.
Para provocar una convicción predeterminada, asentar una
ideología o crear un determinado estado de opinión, la posverdad puede afirmar
(o desfigurar) lo que le convenga, pues no precisa someterse a la verificación
de su verdad o la veracidad de lo real. Por eso se la considera la marca blanda de la mentira, aunque
algunos puristas del lenguaje prefieren definirla como una mentira emocional. Con
ese enardecimiento emocional se pretende acallar –intencionalmente- cualquier
atisbo de racionalidad, aunque se proponga en (aparente y sinuoso) formato
racional.
Por supuesto que no supone ninguna novedad el empleo de la
mentira como proceder en la propaganda; especialmente en los populismos de
viejo cuño. Joseph Goebbels insistía en que una mentira repetida mil veces se
convierte en verdad. También el marxismo: verdad, mentira, justicia, injusticia…
son conceptos burgueses; en el comunismo: si conviene decir la verdad, se dice;
si conviene mentir, se miente… Ahora, con las fake neus, gozan de un
poder de influencia más sugestivo y sofisticado, y una difusión vertiginosa y
universal. En este sentido, Tabarnia
representa un ejemplo tremendamente plástico, y actual, de cómo se transforma
una sugerencia ingeniosa en un fenómeno de interés y alcance global. Así, con
la misma facilidad, se puede moldear cualquier estado de opinión o suceso,
verdadero o falso, real o imaginado.
¿Cómo consiguen credibilidad, a pesar de ser falsas?
Insisto, porque acentúan la intensidad emocional hasta conseguir oscurecer o
acallar las razones del pensamiento. Lo cual no resulta especialmente difícil,
pues un principio del comportamiento, ya recogido en los viejos manuales de
Psicología Social, demuestra que los grupos y las agrupaciones se conducen más
por la “electricidad emocional” avivada por los líderes, que por las razones o
las ideas. Proceder que se comprueba por observación común: las personas son
capaces de comportarse en grupo con acciones que no realizarían en solitario.
La actuación en grupo parece diluir la responsabilidad personal, y refuerza los
afanes comunes.
Además emplean una técnica de probada eficacia en algunas
estrategias de publicidad: presentar el producto como generador de alguna
sensación agradable para el consumidor. Lo sustancial es asociar el producto a
esa sensación; y esa sensación se utiliza como anzuelo para la venta. Meses
atrás, una quesería se anunciaba con el siguiente eslogan: “en la elaboración
de nuestros quesos no generamos dióxido de carbono”; sin concretar si era queso
de vaca, oveja, cabra…, curado o fresco…; ahora bien, ¡no contribuía al
calentamiento global! Aquí radica el quid
de la cuestión: la maestría para formular eslogan, claim, titulares o frases pegadizas… que recojan y fustiguen las
ambiciones personales y las sensibilidades sociales del momento. La posverdad
también.
Los populismos de nuevo cuño empuñan la posverdad como instrumento
eficaz para difundir su ideología. Enervan al máximo las emociones como
material combustible para apagar las ideas o los hechos que contradicen sus
postulados. Y avivan las emociones más ruines, aquellas que fustigan hacia la
indignación: odio, rabia, envidia, sospechas, rencores, codicias,
resentimientos… Precisan hostigar, culpabilizar, atacar a alguien para
disfrazar la utopía de sus propuestas. A eso se le denominaba vileza, en el
lenguaje clásico; ahora, posiblemente, se llamaría corrupción de la libertad
personal.
Ese tufillo ya es rancio, antiguo. Hace más de un siglo,
Wenceslao Fernández Flores, en su “Novela
número trece”, describía cómo aleccionaba a un primerizo un curtido
agitador obrero: pon una copa de champán en el horizonte de un hombre que solo
dispone de aguardiente y su corazón saltará más fuerte que el corcho de la
botella.
Tal vez nos vendría bien otra “Tabarnia” que dirija la
atención hacia el lado garboso del mundo emocional, la verdad, y los hechos
reales. Viviríamos más sosegados, y apacibles.
José Benigno Freire
Las Provincias (Valencia). El Diario Montañes (Cantabria). Diario del AltoAragón (Huesca).