No me ha sorprendido excesivamente la cercana publicación de
cuatro o cinco libros sobre los estragos causados en la propia personalidad por
el odio, el rencor o la venganza; unos libros escritos, además, por psiquiatras
y psicólogos de orientaciones diversas. Hasta poco tiempo atrás el odio y el
amor, y sus satélites, se encuadraban en el espacio ético o moral, ahora
también se psicologizan. Cuestión significativa y sintomática. Bien merece la
pena dedicarle unas líneas por su notoria actualidad. Me detendré en tres de
sus efectos dañinos, sin dedicarles excesiva argumentación para no resultar
farragoso.
En primer lugar, el odio jamás acierta con la solución apropiada
o correcta sobre un problema o situación porque desenfoca la inteligencia, de
forma y manera que emitimos juicios equivocados, desacertados, falsos o, al
menos, desproporcionados.
Intentaré explicarlo. La personalidad es un complejo puzle
psicológico: memoria, estados de ánimo, emociones, imaginación, tendencias instintivas,
urgencias corporales, voluntad, inteligencia… Esos influjos, en condiciones
normales, han de armonizarse y equilibrarse hasta establecer una única
conducta; esa función de coordinación corresponde a la inteligencia. La
inteligencia, pues, discierne y pondera; en definitiva, decide nuestros
comportamientos, y la voluntad los ejecuta.
Si la intensidad de algún elemento se desborda, el conjunto
se desequilibra; se oscurece la función rectora de la inteligencia y el
comportamiento queda a merced del influjo descontrolado. Un ejemplo: la fobia. La
fobia es un miedo desmedido frente a un objeto o situación: una persona se trastorna
o huye atolondradamente ante un perro chiquitín, una araña, un ratón… porque le
producen un miedo exacerbado, anormal, irracional; el miedo se adueña de su
conducta y actúa desmesuradamente con respecto al estimulo.
Pues según esa pauta proceden el rencor, la revancha, el
odio, la venganza, el resentimiento… por su agudísima intensidad emocional. La
fuerza emocional se sitúa en primer término, debilitando los otros influjos del
comportamiento. En concreto, fuerzan al pensamiento a encontrar acciones que
dañen al adversario, en vez de intentar –principalmente- la respuesta adecuada
a la situación. Lo primero es perjudicar al adversario, con independencia de la
objetividad del hecho, que además se disfraza bajo el velo de justicia, reparación,
legítima rivalidad, reclamación de derechos…
En segundo lugar, cualquier respuesta emanada desde el
rencor nunca finaliza o cierra un problema. Una acción con olor a venganza
despierta ganas de revancha en quien la padece, que esperará una ocasión
propicia para resarcirse. Martín Luther King, lo explicaba así: odio por odio
engendra odio y mal; si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y
tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el
infinito, no termina nunca; únicamente se para cuando alguien perdona, y rompe
la cadena. Un proceso que, además, si no se detiene, cada golpe alimenta la fuerza
emocional del rencor.
Tercero, la falta de perdón embadurna la felicidad personal.
Así sucede por efecto de un mecanismo psicológico conocido como éxito vengador: al placer del propio éxito se suman las supuestas
envidias o resentimientos del adversario, o los fracasos del otro se consideran
como victorias personales. Acostumbro a describirlo con el argumento de Cinco minutos de gloria (Oliver
Hirschbiegel), una película de final feliz. La acción transcurre en Lurgan,
Irlanda del Norte, en 1975. Un bisoño afiliado al IRA asesina a bocajarro a un
joven cristiano. El crimen es presenciado por el hermano de la víctima, de once
años, quien cruza una imborrable mirada con el asesino, parapetado bajo un
pasamontañas.
El asesino se arrepiente
y rehabilita. Treinta años después, cumplida la condena, desea reconciliarse
con el hermano. Tras varios intentos fallidos, alguno violento, logra que
escuche su argumentación. Más o menos dice así:
Tu sed de venganza me convierte en invitado habitual de tus
pensamientos e imaginaciones. Soy el chivo
expiatorio de tus desgracias y desilusiones, y el blanco de tus iras y
frustraciones. ¿Piensas más en mí o en tu mujer y tus hijas? ¿Verdad que hasta
en los momentos felices aparezco en tu mente envenenándolo todo? Siempre me
interpongo yo… ¡Perdóname!, y saldré de tu vida… Aprenderás a disfrutar sin
estorbos el cariño de tu mujer, a centrar la ilusión en ver crecer a tus hijas.
Te liberarás de mí, y yo del duro peso de sentir el mal que aún te causo, cada
día. El odio no te devolverá a tu hermano, el perdón tampoco, pero sí te ganará
la tranquilidad de un futuro despejado, limpio de la oscura sombra de un
asesino, y libre para llenarlo de las legítimas esperanzas de una vida por
vivir…
¡Vivir para ver!, que diría el poeta. Una ley moral difícil
de cumplir, durante siglos, es aceptada cómodamente cuando la psicología la
presenta como un factor de bienestar personal… Aunque ese efecto ya era
conocido por la sabiduría popular: agua
pasada no mueve molino…
José Benigno Freire
Facultad de Educación y Psicología
Universidad de Navarra