jueves, 6 de julio de 2017

Cinco minutos de gloria...

No me ha sorprendido excesivamente la cercana publicación de cuatro o cinco libros sobre los estragos causados en la propia personalidad por el odio, el rencor o la venganza; unos libros escritos, además, por psiquiatras y psicólogos de orientaciones diversas. Hasta poco tiempo atrás el odio y el amor, y sus satélites, se encuadraban en el espacio ético o moral, ahora también se psicologizan. Cuestión significativa y sintomática. Bien merece la pena dedicarle unas líneas por su notoria actualidad. Me detendré en tres de sus efectos dañinos, sin dedicarles excesiva argumentación para no resultar farragoso.


En primer lugar, el odio jamás acierta con la solución apropiada o correcta sobre un problema o situación porque desenfoca la inteligencia, de forma y manera que emitimos juicios equivocados, desacertados, falsos o, al menos, desproporcionados.

Intentaré explicarlo. La personalidad es un complejo puzle psicológico: memoria, estados de ánimo, emociones, imaginación, tendencias instintivas, urgencias corporales, voluntad, inteligencia… Esos influjos, en condiciones normales, han de armonizarse y equilibrarse hasta establecer una única conducta; esa función de coordinación corresponde a la inteligencia. La inteligencia, pues, discierne y pondera; en definitiva, decide nuestros comportamientos, y la voluntad los ejecuta.


Si la intensidad de algún elemento se desborda, el conjunto se desequilibra; se oscurece la función rectora de la inteligencia y el comportamiento queda a merced del influjo descontrolado. Un ejemplo: la fobia. La fobia es un miedo desmedido frente a un objeto o situación: una persona se trastorna o huye atolondradamente ante un perro chiquitín, una araña, un ratón… porque le producen un miedo exacerbado, anormal, irracional; el miedo se adueña de su conducta y actúa desmesuradamente con respecto al estimulo.


Pues según esa pauta proceden el rencor, la revancha, el odio, la venganza, el resentimiento… por su agudísima intensidad emocional. La fuerza emocional se sitúa en primer término, debilitando los otros influjos del comportamiento. En concreto, fuerzan al pensamiento a encontrar acciones que dañen al adversario, en vez de intentar –principalmente- la respuesta adecuada a la situación. Lo primero es perjudicar al adversario, con independencia de la objetividad del hecho, que además se disfraza bajo el velo de justicia, reparación, legítima rivalidad, reclamación de derechos… 

En segundo lugar, cualquier respuesta emanada desde el rencor nunca finaliza o cierra un problema. Una acción con olor a venganza despierta ganas de revancha en quien la padece, que esperará una ocasión propicia para resarcirse. Martín Luther King, lo explicaba así: odio por odio engendra odio y mal; si yo te golpeo y tú me golpeas, y te devuelvo el golpe y tú me lo devuelves, y así sucesivamente, es evidente que se llega hasta el infinito, no termina nunca; únicamente se para cuando alguien perdona, y rompe la cadena. Un proceso que, además, si no se detiene, cada golpe alimenta la fuerza emocional del rencor. 


Tercero, la falta de perdón embadurna la felicidad personal. Así sucede por efecto de un mecanismo psicológico conocido como éxito vengador: al placer del propio éxito se suman las supuestas envidias o resentimientos del adversario, o los fracasos del otro se consideran como victorias personales. Acostumbro a describirlo con el argumento de Cinco minutos de gloria (Oliver Hirschbiegel), una película de final feliz. La acción transcurre en Lurgan, Irlanda del Norte, en 1975. Un bisoño afiliado al IRA asesina a bocajarro a un joven cristiano. El crimen es presenciado por el hermano de la víctima, de once años, quien cruza una imborrable mirada con el asesino, parapetado bajo un pasamontañas. 


El asesino se arrepiente y rehabilita. Treinta años después, cumplida la condena, desea reconciliarse con el hermano. Tras varios intentos fallidos, alguno violento, logra que escuche su argumentación. Más o menos dice así:


Tu sed de venganza me convierte en invitado habitual de tus pensamientos e imaginaciones. Soy el chivo expiatorio de tus desgracias y desilusiones, y el blanco de tus iras y frustraciones. ¿Piensas más en mí o en tu mujer y tus hijas? ¿Verdad que hasta en los momentos felices aparezco en tu mente envenenándolo todo? Siempre me interpongo yo… ¡Perdóname!, y saldré de tu vida… Aprenderás a disfrutar sin estorbos el cariño de tu mujer, a centrar la ilusión en ver crecer a tus hijas. Te liberarás de mí, y yo del duro peso de sentir el mal que aún te causo, cada día. El odio no te devolverá a tu hermano, el perdón tampoco, pero sí te ganará la tranquilidad de un futuro despejado, limpio de la oscura sombra de un asesino, y libre para llenarlo de las legítimas esperanzas de una vida por vivir… 


¡Vivir para ver!, que diría el poeta. Una ley moral difícil de cumplir, durante siglos, es aceptada cómodamente cuando la psicología la presenta como un factor de bienestar personal… Aunque ese efecto ya era conocido por la sabiduría popular: agua pasada no mueve molino 

 


José Benigno Freire

Facultad de Educación y Psicología

Universidad de Navarra